Vivimos en la Grecia clásica

03.11.2026

Álvaro Peña Rodríguez-Moreiras

Los habitantes de la Grecia clásica vivían en un mundo tremendamente lejano, a nivel de información, al nuestro. Podría decirse que vivían en un mundo "por descubrir". Es por esto que surge en aquella época en tierras helénicas, y que más tarde sería absorbida por el Imperio Romano, la que es, probablemente, la mitología más conocida de la antigüedad.

Los griegos, así como los egipcios u otras culturas antes que ellos, utilizaban los mitos para explicar aquello que no conocían, principalmente fenómenos naturales. Pero, ¿y nosotros?

Si bien en aquella época los mitos funcionaban como medida defensiva frente al miedo que generaba lo desconocido, podría decirse que los "mitos" contemporáneos sirven de escudo frente al miedo que da lo que pueda otorgar el conocer.

Hablamos, por tanto, en este caso, del miedo a todo lo que se salga del molde de nuestro sesgo de confirmación. Mientras que antiguamente el ser humano se veía abrumado ante un inmenso vacío de información que no sabía con qué llenar, ahora lo que abruma es el vasto océano de conocimiento al que éste tiene acceso y cuya exploración, en muchos casos, puede derribar sus creencias más arraigadas. Y es precisamente aquí donde aparece una gran similitud con la Grecia clásica, o incluso, sin necesidad de ir tan lejos, con la oposición inicial al heliocentrismo.

Lo que antes era Hesíodo planteando que Zeus provocaba los rayos y Perséfone las estaciones, o la propia Iglesia Católica negando el modelo heliocentrista de Copérnico, ahora se ubica en un umbral que oscila entre Juan, que se mantiene fijo en su argumento sobre la trama Gürtel mientras evita hablar de Ábalos, y José, que piensa firmemente que el excesivo precio de su alquiler es culpa de su vecino Karim.

Este tipo de afirmaciones son, por tanto, las que podrían considerarse los "mitos contemporáneos". Aquellas cuyo usuario no se plantea cuestionar y que, por tanto, impulsan no un retroceso intelectual, pero sí un freno de mano que hace que buena parte de la sociedad se quede, inevitablemente, muy atrás.

Y este problema, como casi todos en la vida, se vuelve más grave cuando se introduce de por medio la política. Un elemento que, no por nada, actualmente casi genera más rechazo que beneficios al ciudadano de a pie, que a fin de cuentas es el único que realmente puede que se preocupe un mínimo por todo esto.

Cuando en la sociedad existen este tipo de dogmas que se convierten en mitos, es enormemente fácil para un político con las mínimas dotes de comunicación que la profesión exige utilizarlos en nuestra contra. Y aquí surge una duda: ¿quién crea el mito? Porque está muy bien culpar al político de adueñarse de él y usarlo, ¿pero acaso es el propio pueblo el que crea estas creencias dogmatizadas? ¿existirían éstas sin la intervención del poder político? ¿qué vino antes, el huevo o la gallina? Resulta especialmente difícil plantearse algo así porque nadie ha vivido un mundo sin política, y probablemente la respuesta implique un poco de ambas, pero la mera duda ya es indicativo de que, en mayor o menor medida, en ningún caso puede eximirse de culpa al propio pueblo de colocar sobre sus manos las cuerdas con que se le ata.

Probablemente todo el texto anterior suene muy familiar al lector. Este fenómeno de encuadre en una idea de la que la persona no se propone salir ha recibido muchos nombres que, por desgracia de forma sintomática, se escuchan mucho en el mundo actual. Se habla de que los partidos políticos parecen equipos de fútbol, del famoso "es que contigo no se puede hablar" o, en el caso del término por excelencia, de la polarización.

Sin embargo, a mí me ha parecido especialmente interesante recurrir a la comparación con la mitología griega. Porque, ya que somos tontos, al menos metámosle narrativa.

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