Valdemorillo reparte dos orejas en una faena con materia prima para triunfar

07.02.2026

Pablo García | Crónica

Todavía se recuerda. La novillada de ayer había dado grandes alegrías a los aficionados inaugurales de la Feria de San Blas. También a Samuel Castrejón, que debutaba con picadores y resultó con dos orejas del sexto novillo de Jiménez Pasquau, vuelta al ruedo y Puerta Grande abierta.

Los chavales hoy aclaman al diestro peruano que protagoniza este año el recién descubierto cartel de San Isidro en Las Ventas. «Roca Rey, ¿te atreves?». Pitos a las cinco en punto de la tarde para apurar la primera faena de la Feria. Efecto inmediato. La llamada de la banda hace abrir la Puerta de Cuadrillas, dando inicio a la procesión del paseíllo recibido por el entusiasmo de un público de primera.

Y del aplauso unánime confundido entre vítores al silencio absoluto. Público en pie mientras suena el himno nacional. Nadie lo había pedido, pero tampoco era necesario.

Primero de la tarde para Borja Jiménez, que lo brinda al público. Lo que sigue es la ejecución de unos pases brillantes con temple y valor sereno. Es la tauromaquia más pura. Torea con la misma elegancia barroca con la que pintaba Velázquez, la solemnidad mística de De Zurbarán, las formas de Manzanares padre, la rectitud de Ordóñez. Jiménez no imita: crea un estilo propio llevando la púrpura de quienes lo inspiran a hacer arte en el ruedo. Se juega una faena inmaculada a la suerte suprema.

La distancia exacta entre la vida y la muerte. El torero impone voluntad ante instinto y el toro sacrifica su existencia en beneficio de la continuidad de la raza. Entrega y valor del matador a la que el animal responde con una generosidad que lo encumbra en un honor inmundo. Es entendible que haya quien no lo perciba así. Ni falta que hace. Adquiere más valor aún por quien es capaz de sentir el toreo más allá de una expresión artística en la que el hombre expone su vida sobre el albero por respeto y honor.

El reloj está cerca de marcar las cinco y media. Se nota el entusiasmo al comprobar que a nadie se le había hecho largo este primer toro sabiendo que, si ocurriese en un punto más avanzada la faena, el público estaría pidiendo final. Tampoco parece hacérsele tarde al diestro sevillano que, cuando encuentra el momento, pide el estoque. La banda deja de tocar y los tendidos enmudecen ante la contemplación que merece el momento. Entra la espada y sale Jiménez del ruedo con una oreja a petición del público sin resistencia del presidente.

Segundo toro, primero para Tomás Rufo. La salida directa a las tablas y terrenos de toriles avanza lo que sería la faena de muleta. El toledano saca a relucir un pase natural algo apurado que por momentos hizo aplaudir al público. Sin acierto con el acero, baja la euforia de la plaza dispuesta a volver a pedir dos orejas. Tampoco tuvo final limpio el tercero, de Hnos. García Jiménez, para el maestro Borja Jiménez, que no espera a la mansedumbre para terminar por doblones muy celebrados por el público. Silencio al término.

«Vamos a contar ovejas», se escucha desde el tendido 3. Pero llega el cuarto de la tarde para oportunidad de Rufo. Tuvo de todo: bravura y humillación hacen perder el protagonismo del natural en el que ambos matadores parecían sentirse cómodos. Vuelven, eso sí, los doblones para recuperar el pulso de una faena pornográfica. El toro busca las tablas para mantener la expectación de la plaza hasta dejarse caer. El de Pepino corta una oreja.

La exigencia del quinto no va acompañada de su entrega. El diestro sevillano trastea al animal como quiere, tiende la suerte cuantas veces tiene oportunidad, pero pierde la cara de un toro que encuentra un instante para embrocar. Voltereta para Jiménez, que consuma una faena importante y que solo la falta de acierto con el acero le impide abrir la Puerta Grande. El sexto fue noble, pero extremadamente soso. Tomás Rufo no tuvo mayor paciencia que lucidez y abandona la suerte hasta el cuarto pinchazo.

El resultado en tablas facilita la interpretación, pero la tradición taurina es suficientemente capaz de explicar mucho mejor que cualquiera cómo hay que asimilar la faena. Desde el cante jondo al toreo de pirotecnia. Hoy se ha visto un arte para quien lo quiera entender como es. No existe ni debe existir un pensamiento ideológico único. La mezcla es lo que engrandece la tauromaquia, unida por emociones únicas. Quien lo interprete como acto de odio es porque no sabe. Ni entiende.