Una vez puede ser un accidente, dos son negligencia
Marina García García

Hace apenas unas horas, en la mañana del 28 de octubre, se ha producido el segundo accidente ferroviario en España en menos de un año, sumando decenas de muertos a las horrorosas cifras que salieron de Adamuz el pasado 18 de enero.
Hace apenas unas horas, en la noche del 27 de octubre, compré unos billetes de ida y vuelta a a Málaga, para poder ver a mi familia y desconectar de la universidad unos días. Las vías Madrid-Andalucía son las que recorro con bastante frecuencia. Para la vuelta a clases, para celebrar el cumpleaños de mi abuela, para acompañar a mi padre al médico, para pasar las navidades en casa… Pero, tras ver las noticias, estas me recuerdan como en una de esas podría haber sido yo la que hubiese tenido la mala suerte de acabar en uno de los vagones descarrilados. Ahora no confío en ese tren que me lleva a casa.
Todos tenemos presente que en cualquier momento puede pasar algo, desde una mala caída a un infarto sin previo aviso. La vida es muy frágil y puede escaparse fácilmente de nuestras manos. Sin embargo, en este caso, los ciudadanos necesitamos soluciones, porque las hay. Cuando ocurrió el accidente en Adamuz, todos se echaron las manos a la cabeza y lloraron la tragedia, se les llenaba la boca diciendo que las cosas iban a cambiar y que no se podía permitir algo así nunca más. Pese a eso, ha ocurrido otra vez.
Me encantaría decir que Oscar Puente o el Gobierno es el culpable de esto, que puede ser, aunque seguramente nunca lo sepamos porque no nos lo contarán, pero yo no busco culpables. Eso no nos va a devolver la confianza al sistema ferroviario español y mucho menos las vidas de más de 100 personas que nunca llegaron a su estación de destino.
Mi abuelo era ingeniero de RENFE, encargado del mantenimiento de la red ferroviaria y la remodelación de las vías. En mi casa siempre han hablado maravillas de los trenes, de su seguridad y de su funcionamiento. Él se tiraba los días en el tren con su libreta apuntando cualquier imperfección que notase en el trayecto. Siempre estaba encima del estado de los tramos de vías bajo su supervisión, al mínimo aviso, se plantaba en el kilómetro que fuese para hacerle fotos y estudiarlo para detectar el problema.
Ahora siento que su trabajo se ha tirado por tierra. Si levantase la cabeza para ver como están esas vías y esos trenes que él tanto amaba, se espantaría al ver cómo se han descuidado. Al final, él siempre decía: "desde una oficina no se mantiene un tren" y siento que más de uno debería de aplicarse esa frase.
En enero ya se advirtió de los problemas de las vías: posibles roturas de soldaduras, bajadas de tensión, avisos de fallos en inspecciones… pero no se actuaron sobre ellos. Todo esto mientras los pasajeros pagamos cada vez más por nuestros viajes a la vez que el servicio empeora. Pero claro, sin Presupuestos Generales, no hay partida de dinero para aplicar y resulta mucho más fácil limpiarse las manos en estas situaciones.
Andalucía muchas veces parece una comunidad de segunda para el Gobierno. Desde que se inauguró la línea de Alta Velocidad en 1992, no se ha actualizado el sistema de control. Su sustitución ha sido retrasada ya varias veces desde que Adif lo contrató en 2020. Lo principal de dicha renovación son los equipos de control y protección de los trenes.
Yo tengo claro que no quiero subirme a un tren para volver a casa. Ya en su día, tras el primer accidente, pasé por Córdoba con el corazón encogido, el tren se quedó en silencio, por respeto y por miedo.
Ahora no debemos callar. Estamos cansados de que las vidas de los ciudadanos no valgan lo suficiente como para ponerle una solución real a un problema que se ha hecho recurrente. Ojalá volver a casa no sea una cuestión de suerte.
