Una nueva guerra interna sacude Etiopía

06.10.2026

La insurgencia de un conjunto de fuerzas rebeldes pone en jaque el control del gobierno central, en lo que supone la reactivación de un conflicto que vivía en un frágil equilibrio desde hace cuatro años. 

Mateo Pampín

Etiopía vuelve a sumergirse en una nueva guerra que hace estallar por los aires los efectos de la paz que siguió al acuerdo de 2022, tras una contienda que dejó a su paso más de medio millón de víctimas. El pasado 20 de septiembre, un grupo conformado por 7 milicias independientes anunció en un comunicado su ofensiva contra el gobierno central de Abiy Ahmed y su intención de derrocarlo. Tras el comunicado, los ataques comenzaron el 23 de septiembre, momento en que las fuerzas rebeldes llevaron a cabo ofensivas contra los aeropuertos de Mekele, Axum y Shire, en el norte del país.

El comunicado y la acción militar llegan tras meses de tensiones en aumento, en un contexto regional difícil y delicado. El Cuerno de África vive hoy un frágil equilibrio. La guerra en Etiopía se suma a la disputa en Sudán, al hambre en Somalia y a las complicadas relaciones con otros actores externos —Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí—. Dentro del país, la situación no parecía mejor; las problemáticas relaciones entre el Gobierno, los grupos étnicos etíopes y Eritrea han conducido finalmente a un nuevo conflicto. No se trata de la continuación de la guerra que terminó en 2022, sino de un nuevo panorama, con nuevas alianzas que trastocan el contexto de las luchas de poder anteriores.

¿Qué ha pasado exactamente?

El pasado 20 de septiembre se hacía pública una alianza de 7 milicias independientes a través de un comunicado, en el que se anunciaba la intención de esta alianza (Ethiopian People's Forces Alliance for Survival) de derrocar al actual gobierno de Abiy Ahmed. Junto con el comunicado oficial, las maniobras militares les permitieron tomar el control de tres aeropuertos clave en el norte del país (Mekelle, Axum y Shire).

Desde que se reactivó el conflicto el pasado 23 de septiembre, ambos bandos —rebeldes y Ejecutivo— han logrado avances y han sufrido retrocesos en enclaves importantes. El ejército gubernamental —y las milicias afines a este— ha logrado victorias considerables en el norte del país, en la región de Tigray, hogar del principal grupo insurgente, el Tigray People's Liberation Front. Los últimos informes, según Reuters, muestran que el ejército de Ahmed recuperó la ciudad de Mekele, que al inicio de la guerra había pasado a manos de los rebeldes.

Es en el norte —regiones de Tigray, Afar y Amhara— donde las milicias insurgentes son más poderosas. Hacia allí se dirige el avance de las fuerzas del Ejecutivo y las milicias progubernamentales, aunque también se han producido explosiones en Adis Abeba, la capital etíope, que se encuentra bajo el control del ejército estatal.

Mapa actualizado a 2 de octubre. Fuente: ACLED
Mapa actualizado a 2 de octubre. Fuente: ACLED

Acuerdo de paz de 2022

Esta nueva guerra hace añicos el frágil tratado de paz que sostenía la estabilidad del país. Entre 2020 y 2022, Etiopía vivió uno de los conflictos más mortíferos de la historia reciente, en el que fuerzas gubernamentales y milicias afines lucharon contra el Tigray People's Liberation Front (TPLF). La contienda se basaba en varios factores: disputas territoriales, razones étnicas y protestas contra la fuerte centralización —y represión— por parte del Ejecutivo del primer ministro Abiy Ahmed. Se estima que en torno a 600.000 personas pudieron haber perdido la vida como consecuencia de aquella guerra. Ello resultó, el 2 de noviembre de 2022, en la firma de un acuerdo histórico para el cese de las hostilidades, aprobado por ambos bandos. Aquel documento sirvió para detener la contienda entre los actores, pero no alcanzó a resolver y zanjar las disputas que condujeron al uso de la fuerza como 'modus operandi'.

Según el análisis de Descifrando la Guerra, un digital independiente centrado en la geopolítica global y la política internacional: "Así, aunque Pretoria [el acuerdo de Paz de 2022] había conseguido detener una guerra abierta, no consiguió construir un nuevo equilibrio político capaz de integrar las distintas fracturas que atraviesan Etiopía. Algunas permanecieron congeladas durante los primeros meses de paz, mientras otras se transformaron en nuevos conflictos entre antiguos aliados".

El panorama deja dos bandos marcados. Por un lado, el ejército progubernamental (ENDF; Ethiopian National Defense Forces), con mayor músculo militar; enfrente, una coalición de 7 milicias, entre las que se encuentra el Tigray People's Liberation Front. Este grupo, que ostentó el poder estatal durante décadas, es la principal fuerza opositora del gobierno de Abiy Ahmed. El resto de grupos de la coalición encarnan movimientos étnicos de otras regiones de Etiopía. Es el caso del Amhara Fano National Movement (región de Amhara) o el Oromo Liberation Army. Las siete milicias representan distintos movimientos, distintas organizaciones y distintos objetivos; pero cuentan con un enemigo en común: el gobierno de Ahmed.

Cambios en las alianzas

La guerra no solo ha roto el frágil equilibrio que sostenía la paz en Etiopía, sino que también ha supuesto un cambio en el equilibrio de poder y en las alianzas que libran la contienda. Los actores internos del conflicto son prácticamente los mismos que en la guerra que finalizó en 2022, pero ha habido cambios en los bandos. Por aquel entonces, las milicias FANO (de etnia amhara, establecidas en la homónima región del centro-oeste) luchaban del lado del Gobierno; hoy, están del lado de los rebeldes.

Las milicias FANO no han sido las únicas en cambiar de camiseta. En 2020, Eritrea también prestó apoyo —apoyo que Eritrea no reconoció en un primer momento— al Gobierno etíope. Tras varios años en los que las relaciones entre Eritrea y Etiopía se han deteriorado (entre otros motivos, por la insistencia cada vez mayor de Ahmed por recuperar la salida al mar para Etiopía), las distancias parecen insalvables entre ambos actores. Tras días de guerra interna, Abiy Ahmed ha decidido expulsar a varios diplomáticos eritreos.

Ahondando en el conflicto

Etiopía, pese a todo, es uno de los principales motores de África. Se trata del segundo país más poblado del continente y la sede actual de la Unión Africana. A esto último se le suma el factor hidráulico, clave para entender la relevancia del territorio en el Cuerno de África. Tras 14 años de construcción y una inversión de casi 5.000 millones de euros, Etiopía inauguró el pasado año la Gran Presa del Renacimiento Etíope, lo que no causó demasiada emoción en Egipto y Sudán, por el detrimento que podría acarrear para sus respectivos caudales del Nilo. Su importancia estratégica hace que crezca, más si cabe, la preocupación regional e internacional por la deriva que pueda tomar el conflicto.

Otro de los factores clave en el caso etíope es la etnia. Las realidades étnicas desempeñan un papel importante en la organización política y territorial de Etiopía. Siendo el segundo país africano con mayor población (139 millones de personas), cuenta con más de 80 grupos étnicos distintos. Entre ellos, el más numeroso es el de los Oromo, que representa más del 30% de la población. Sin ir más lejos, el actual primer ministro etíope pertenece a este grupo étnico.

Ha sido un aspecto determinante a la hora de organizar social, territorial y políticamente Etiopía. De hecho, las regiones autónomas que componen el país se denominan estados etnofederales. Un total de doce, junto con dos ciudades autónomas. Un clima en el que florecen las fuerzas regionales fieles a los movimientos étnicos locales, aunque puedan existir disidencias, como es el caso de la región de Tigray. En esta región norteña, controlada por rebeldes, existe una milicia armada que lucha en apoyo de las fuerzas gubernamentales.

Peligro de escalada

Según varios expertos y medios de comunicación que siguen de cerca el conflicto, la escalada regional es un "peligro real", especialmente dado el panorama de actores y el entramado de relaciones entre ellos. Sudán, Eritrea y Egipto —por mencionar algunos— son varios de los países con intereses en el enfrentamiento.

Sudán vive, desde hace 3 años, una cruenta guerra civil que enfrenta al ejército gubernamental y a las RSF (Rapid Support Forces), un grupo paramilitar apoyado —militar y logísticamente— por Emiratos Árabes Unidos, aunque Abu Dabi haya negado dicho apoyo. Un informe de Reuters habla, incluso, de la existencia de campos de entrenamiento en Etiopía, destinados al adiestramiento de las RSF. Otros países están en esta órbita de apoyo liderada por EAU, como Chad o Liberia; ambos territorios son clave en la ruta de suministros y armas. La situación ha provocado una de las mayores catástrofes humanitarias del siglo XXI.

Por su parte, Eritrea ha sido acusada de apoyar a la coalición de milicias opositoras al gobierno, aunque niega rotundamente tales acusaciones. Lo mismo ha sucedido con Sudán y Egipto, que podrían tener intereses en desestabilizar —o, como mínimo, debilitar— el gobierno de Abiy Ahmed.

Contexto reciente de Etiopía

La cuestión entre Eritrea y Etiopía es profunda y compleja, y merecería un análisis mucho más profundo. Desde que el primero logró su independencia en 1993, Etiopía perdió su acceso al mar, pasando a depender de terceros para desarrollarse. La última réplica entre ambos países sucedió entre 1998 y el 2000, dejando a su paso 100.000 víctimas mortales. Años después, con la llegada de Abiy Ahmed al poder en 2018, en tan solo un año logró un acuerdo de paz con Eritrea. Junto con reformas legislativas que, entre otras, incluyeron la puesta en libertad de miles de presos políticos, el acuerdo con Eritrea le valió a Ahmed el Nobel de la Paz ese mismo año.

La alternancia de poder de 2018 en Etiopía se produjo después de que una coalición, formada, en gran parte, por trigueños (una etnia que representa el 6% de la población etíope) cosechase el descontento en todo el territorio. Tras esto, Abiy Ahmed asumió, con su Partido de la Prosperidad, el cargo de Primer Ministro. Finalmente, el TPLF no entró en la nueva formación gubernamental, 'replegándose' en la región de Tigray, en la zona norte de Etiopía que limita con Eritrea. Este cambio, pues, en la estructura de poder, lleva a la situación actual: con el TPLF afincado en la zona norteña de Tigray, desde donde despliega su actividad.

Consecuencia humanitarias

Al igual que las consecuencias políticas y militares, las consecuencias humanitarias de esta guerra también son graves. Etiopía es el país más poblado del mundo entre los que carecen de acceso al mar; las complicaciones económicas y logísticas que se derivan de ello son evidentes.

Se calcula que cerca de 150.000 personas se han visto obligadas a desplazarse forzosamente de sus hogares en busca de mayor seguridad. Aún es pronto para delimitar el alcance desde el punto de vista humanitario, pero el panorama no ofrece demasiadas esperanzas. La situación se agrava si tenemos en cuenta que Etiopía sufre, especialmente, las secuelas económicas de la guerra en Irán y el resto de conflictos en Oriente Medio. Etiopía importa la mayor parte del combustible que utiliza, hoy a precios sustancialmente más altos.

En síntesis, el país se hunde en una guerra de la cual nunca se salió del todo. Si bien el Acuerdo de Pretoria, consensuado en 2022, puso fin al conflicto, no zanjó las disputas territoriales, étnicas y por el poder político. Queda por ver el desarrollo del conflicto. Habrá que comprobar si, finalmente, las potencias y países con intereses estratégicos —Eritrea, Sudán, EAU, Arabia Saudí— deciden involucrarse, y en qué medida lo hacen.

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