Todos hemos tenido alguna vez nuestra propia bola negra
Pablo Aceituno Ruiz

Todos hemos recibido alguna vez una bola negra, aunque no siempre sepamos quién decidió colocárnosla delante. La bola negra parte de esa exclusión para hablar de algo mucho más amplio: de la memoria, de aquello que heredamos sin cuestionarlo y de las historias que quizá nunca hemos preguntado a nuestros abuelos. Porque para entender de dónde venimos, a veces basta con sentarse y escuchar.
Hay películas que cuentan una historia y hay películas que, de alguna manera, consiguen que terminemos pensando en la nuestra. La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, pertenece a ese segundo grupo, no porque todos hayamos vivido las mismas circunstancias que sus personajes, ni porque todas las heridas sean comparables, sino porque hay algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más universal: a todos nos han sacado alguna vez una bola negra.
A algunos se la han sacado por ser diferentes, a otros por pensar distinto, por querer a quien no debían querer según los demás, por no cumplir las expectativas que alguien había decidido colocar sobre sus hombros, por nuestra forma de vestir, de hablar, de creer, de vivir o simplemente de ser. Y también, quizá, por cosas mucho más pequeñas, por no encajar en un grupo, por no responder a aquello que se esperaba de nosotros o por sentirnos fuera de lugar cuando todo el mundo parecía haber encontrado su sitio.
La bola negra no siempre tiene el mismo significado. Tampoco la saca siempre la misma mano, a veces es la familia, otras los amigos, la escuela, el trabajo o la misma sociedad. Incluso nosotros mismos podemos aprender a sacarnos la bola negra antes de que lo haga nadie. Porque puede que lo verdaderamente peligroso de ser señalado durante demasiado tiempo no sea únicamente que los demás te conviertan en diferente, sino que acabes interiorizando que realmente lo eres.
Nos pasamos buena parte de nuestra vida intentando evitar esa bola. Queremos pertenecer, queremos ser aceptados, queremos formar parte de la fotografía y no quedarnos fuera de ella. Y, en ese intento, aprendemos muy pronto qué cosas conviene decir y cuáles es mejor callarse, qué comportamientos reciben aplausos y cuáles provocan una mirada incómoda, qué partes de nosotros podemos enseñar y cuáles debemos esconder. Lo paradójico es que todos sabemos lo que se siente al recibirla, pero no siempre somos conscientes de las veces que nosotros mismos la hemos colocado delante de alguien.
A lo mejor porque señalar al otro resulta extraordinariamente sencillo cuando creemos tener la certeza de estar en el lado correcto. La historia está llena de personas convencidas de ello. Personas que decidieron quién pertenecía y quién no, quién merecía ser escuchado y quién debía guardar silencio, quién podía amar y quién tenía que esconderse. Y lo verdaderamente inquietante es que ninguna de aquellas personas debió levantarse una mañana pensando que estaba construyendo un mundo que algún día miraríamos con vergüenza. Probablemente muchas creyeron, sencillamente, que estaban haciendo lo que correspondía. Ahí es donde la memoria deja de ser una asignatura y empieza a convertirse en una responsabilidad.
Tenemos una extraña tendencia a mirar el pasado desde una distancia que nos hace sentir seguros. Observamos determinadas épocas, determinados regímenes, determinadas sociedades e injusticias con la tranquilidad de quien sabe perfectamente de qué lado habría estado. Nos resulta cómodo imaginar que, de haber vivido entonces, habríamos sido los que se opusieron, los que ayudaron, los que dijeron que aquello no podía continuar.
Pero quizá deberíamos hacernos una pregunta bastante menos confortable: ¿qué hacemos hoy que dentro de cincuenta años nos parecerá incomprensible?
No tengo una respuesta, precisamente por eso creo que merece la pena hacerse la pregunta. Muchas de las cosas que hoy damos por conquistadas no llegaron hasta nosotros porque fueran inevitables, sino porque hubo personas que tuvieron que pelear por ellas. Personas que un día también fueron la bola negra de alguien, que tuvieron que callarse, esconderse o enfrentarse a aquello que su tiempo consideraba normal. Tierno Galván dejó una frase que, décadas después, sigue teniendo algo de advertencia: "La democracia no es un punto de llegada, sino un camino". Pensar que nosotros estamos a salvo de repetir los errores del pasado simplemente porque hemos nacido después es, como mínimo, una forma bastante ingenua de entender la Historia.
Porque el pasado no debería servir únicamente para señalar con el dedo a quienes estuvieron equivocados. También debería servir para preguntarnos qué mecanismos hicieron posible que tanta gente aceptara determinadas ideas como normales. Cómo una sociedad puede acostumbrarse poco a poco a dividir a las personas entre los que pertenecen y los que sobran. Cómo puede llegar el momento en el que determinadas palabras dejen de escandalizarnos, determinadas humillaciones se conviertan en entretenimiento y determinadas personas pasen a ser, antes que personas, etiquetas.
Y aquí creo que nuestra generación tiene una responsabilidad particular. Vivimos en una época en la que tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior y, al mismo tiempo, podemos encerrarnos con una facilidad extraordinaria en aquello que confirma lo que ya pensamos. Algoritmos, redes sociales, discursos cada vez más enfrentados y una conversación pública que premia con demasiada frecuencia la indignación antes que la reflexión. No significa que los jóvenes seamos inevitablemente peores que quienes nos precedieron, ni que estemos condenados a repetir la historia. Sería demasiado sencillo (y demasiado injusto) reducirlo todo a eso.
Pero sí significa que debemos estar atentos, porque la intolerancia rara vez aparece anunciándose como intolerancia. A veces llega disfrazada de broma, otras de tradición, de sentido común, de una supuesta defensa de lo propio, de la necesidad de buscar un culpable cuando las cosas van mal. Y cuando queremos darnos cuenta, ya hemos aceptado que determinadas personas sean siempre las que reciben la bola negra.
Por eso quizá estamos mirando demasiado lejos cuando hablamos de memoria. Nos dicen que debemos mirar al pasado y normalmente pensamos en los grandes nombres, las grandes fechas, las guerras, los gobiernos, los discursos y las fotografías que aparecen en los libros de Historia. Todo eso importa, pero hay otra historia que rara vez ocupa titulares y que, sin embargo, puede enseñarnos mucho más: la que está guardada en los cajones de nuestras propias casas.
Nuestros abuelos, nuestros bisabuelos, las personas cuyas vidas conocemos a medias porque nunca se nos ocurrió preguntarles demasiado. ¿Qué tuvieron que callarse? ¿Qué les enseñaron que estaba bien y qué estaba mal? ¿A quién tuvieron que obedecer? ¿Qué cosas no pudieron decir en voz alta? ¿A quién tuvieron miedo de parecerse? ¿Qué tuvieron que hacer para encajar? ¿Qué injusticias presenciaron y cuáles fueron incapaces de cuestionar?
Quizá descubramos que el pasado no está tan lejos como pensábamos, puede que descubramos también algo todavía más incómodo, que nuestros abuelos y bisabuelos no eran personajes históricos, eran personas. Tenían dudas, prejuicios, miedos, contradicciones y deseos. Podían ser víctimas de su tiempo y, al mismo tiempo, reproducir algunas de sus injusticias, podían querer a alguien y no saber cómo aceptarlo, podían estar en contra de determinadas cosas y guardar silencio ante otras. Como nosotros.
Esa es, probablemente, una de las lecciones más difíciles de aprender: la Historia no la construyen monstruos completamente diferentes a nosotros. La construyen personas. Personas que un día toman una decisión, después otra y después otra, hasta que lo excepcional empieza a parecer normal. Por eso deberíamos escuchar más a quienes estuvieron antes que nosotros, no para convertirlos en héroes ni en culpables, sino para comprenderlos. Para preguntarles qué recuerdan, para conocer aquello que nunca apareció en los libros. Para entender de dónde vienen nuestras familias y con ellas, algunas de nuestras propias ideas.
Porque es posible que la mejor manera de evitar que algo vuelva a suceder no sea repetir constantemente que nunca debe repetirse. Quizá sea comprender cómo llegó a suceder la primera vez. Todos hemos sacado alguna vez una bola negra. La diferencia está en qué hacemos después con ella. Podemos esconderla, podemos fingir que nunca estuvo ahí, podemos utilizarla para señalar a otra persona y sentirnos, por un instante, un poco menos diferentes.
O podemos mirarla. Preguntarnos quién nos la puso delante, por qué la aceptamos y, sobre todo, si alguna vez hemos sido nosotros quienes se la hemos puesto a alguien. Tal vez esa sea la verdadera utilidad de mirar hacia atrás. No encontrar culpables a los que podamos juzgar desde la comodidad del presente, sino reconocer en aquellas personas algunos de nuestros propios gestos, nuestros propios miedos y nuestras propias contradicciones.
Porque la Historia no está tan lejos como creemos, está en nuestros apellidos, en nuestras familias, en las historias que nuestros abuelos todavía recuerdan y en las que decidieron no contar. Está también en nosotros, en las cosas que damos por normales y en las que todavía nos cuesta aceptar.
Y si algún día queremos que aquello que no debería repetirse permanezca realmente en el pasado, quizá haya que empezar por mirar mucho más cerca de casa, quizá haya que sentarse frente a nuestros abuelos y preguntarles. Antes de que sea demasiado tarde.
