Si decimos ratón ¿Pensamos en el animal o en el del ordenador?: la importancia del lenguaje
Lucía Sánchez Vargas | OPINIÓN
La palabra ha sido siempre la gran protagonista de la historia humana, el cómo hemos ido contando historias es lo que ha formado nuestro presente. Aquellos capaces de entender y compartir sus ideas se presentaban en sociedad a partir de su habla, eran aquellos puestos en pedestal por sus ideas pero incomprendidos por su inteligencia.
Ahora todo el mundo conversa, no escucha y no entiende. Con ello llevamos intrínseco en nuestra habla ciertas formas, que ni siquiera tienen un porqué. Nos hemos desarrollado como sociedad contemporánea donde la percepción del lenguaje está distorsionada, decimos las cosas que decimos por propia inercia o eso creemos.
Normalmente lo que expresamos irá acorde al contexto y es por ello que todos sabemos la importancia del lenguaje y lo mucho que lo necesitamos para dar forma a nuestro día a día. Saber comunicarnos y ser entendidos en un espacio común es una de las cosas que más pesan a la hora de dialogar. Pero cuando hablamos de algo más coloquial que una simple palabra homónima como ratón, ni siquiera nos planteamos cómo usamos el lenguaje.
Y ya no hablamos de los diferentes acentos que hay en nuestro país, los andaluces omiten las "eses" o las consonantes marcadas de los catalanes. No discutimos acerca de esto, que también es curioso, si no de cómo el lenguaje informal en general es machista.
No es nuevo saber cómo funcionan las palabrotas dentro del lenguaje español, cuando alguien se enfada es un hijo de puta o una hija de puta. Es decir, usamos al ser femenino como despectivo.
Puesto que cuando queremos celebrar algo bien hecho, decimos: somos la polla o algo es la polla; pero cuando se trata de algo que nos molesta o nos aburre usamos: qué coñazo. Es decir, asociamos los órganos sexuales a emociones positivas - en el caso del hombre - y negativas - en el caso de la mujer-.
No solo observamos esta estructura en las palabrotas si no en la propia diferenciación de género entre hombre y mujer en casos afirmativos o negativos.
Es cierto que los vocativos de mujer y hombre tienen varias funciones dentro de nuestro habla y nos ayudan a expresar emociones de una forma u otra: ¡Que dices mujer eso no es así! o ¡Hombre, claro que sí!.
Y ya no es tanto la intención, hombre. Es que está para cogerla con pinzas mujer .
Aunque muchos digan que esto no es así, no depende tanto del uso de vocativo. La tonalidad y la intención es lo que determina, un ejemplo muy práctico: ¿Porque nosotros decimos !hombre claro¡ y por otro lado usamos !no mujer, qué dices¡?
También está en la respuesta a las preguntas, ante una cuestión que entendemos con una respuesta muy clara o cuando hay intención de despejar dudas nos encontramos en la misma tesitura, decimos: hombre claro.
Se posiciona la palabra hombre de autoridad a lo que estás afirmando, clarificando o defendiendo un discurso coloquial, sin embargo cuando usamos la palabra mujer la situación cambia, se usa este vocativo para expresar equivocación o suavizar el discurso. Y no, no estamos ante una regla de oro, no significa que sea intencionado hombre. Pero hay que fijarse que es una generalidad del lenguaje español, donde estas dos palabras aunque pudiendo usar en muchos contextos, suelen tener connotaciones contrarias.
Mujer se usa como sinónimo de: haber no es eso, quiero decir; connota duda. Y hombre sinónimo de: si, sin duda alguna, por supuesto, faltaría más; como afirmación rotunda de estar en lo cierto.
Surge entonces la cuestión, dada a la importancia histórica que desde la Grecia clásica se le ha dado al lenguaje, el poder hablar de forma correcta ha conllevado durante años una lucha lingüística y sigue estando presente en pleno siglo XXI. Entonces, ¿Cuál sería el inicio de comenzar a usar así el lenguaje?
La respuesta es obvia: podría ser de manera espontánea, mujer. Pero, ¡por favor hombre!. Es claramente el uso patriarcal del lenguaje.
