Seis días de soledad

04.11.2026

Berta Valencia Vindel

He eliminado Instagram y he eliminado TikTok. Haciendo caso al sabio de Carlos Peguer, he dejado de utilizar mis redes sociales durante el día. Para sorpresa de nadie y decepción de mi cerebro necesitado de dopamina, al hacerlo me he sentido mejor conmigo misma y, sobre todo, he hecho cosas que realmente quería hacer.

En el lapso de seis días (seis días llevo sin redes, lo considero un hito), he escrito dos reflexiones profundas acerca de mis pensamientos. Llevaba mucho tiempo sin escribir; casualmente, dejé de hacerlo casi a la vez que recibí mi primer móvil. He terminado de leer un libro ("La mala costumbre", altamente recomendado) que, por alguna razón u otra, no acababa de engancharme. El motivo ahora es obvio. Me he puesto al día con la asignatura más odiosa de mi carrera (esto sí que es un milagro), he vuelto a ver series de Netflix durante más de veinte minutos seguidos, he hecho un tiramisú y, ojo a esto, he sido capaz de completar el autodefinido de El País en tan solo un día. Pequeñas rutinas antiguas del día a día que ahora consideramos logros, pues se nos hace difícil terminarlas.

Me he dado cuenta, sobre todo al observar mi conducta aleatoria (no es aleatoria si la observo, pero se entiende el punto), del comportamiento zombieril que presentamos. De vez en cuando me encontraba a mí misma abriendo el móvil y mi dedo, guiado por un automatismo lógico, se dirigía al hueco donde antes se encontraba el logo de Instagram. ¿Y qué hago ahora? Meterme, por ejemplo, en Letterboxd, ver las reviews de mis amigos, que por cierto ya había visto, y engañar de alguna forma a mi cerebro haciéndole creer que no se me ha olvidado cómo "scrollear". O yo qué sé, revisar mis notas anteriormente escritas o incluso rediseñar mis playlists de Spotify. Cualquier cosa me parece una opción más válida que dejar el móvil.

Si siguiese las estructuras marcadas para un texto de opinión en los writings de inglés, ahora tendría que venir un párrafo en favor de lo previamente criticado. Lamento informar de que estoy en una etapa en la que no me es posible decir ni una cosa buena acerca de las redes. Más allá de las banalidades y evidencias de que «las redes sociales nos mantienen conectados», que ni siquiera, igual yo no necesito ni quiero estar conectada al auge del fascismo o a la sociedad del espectáculo en la que vivimos. Así que no, este artículo no relata primero los pros y luego los contras para llegar a una conclusión previsible desde la primera frase. Es un adoctrinamiento en contra de las redes sociales. Y estoy orgullosa de ello.

De niños nos enseñan que para divertirse hay que aburrirse, o al menos eso me decían a mí. Y ahora hemos perdido toda esa capacidad de aburrimiento que hemos ido cultivando durante años. No es que esté descubriendo aquí América al decir esto, ¿no? Todos escuchamos constantemente lo dañinas que son las redes sociales; todos parecemos saberlo claramente. Pues, chico, si no hacemos nada al respecto, habrá que seguir diciéndolo hasta que se haga realidad y actuemos en consecuencia.

Hace tiempo que tengo la sensación de que hemos dejado de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Y no, no pretendo decirle a alguien que sale de casa de noche, pasa la mañana entera sentado frente a un escritorio y vuelve a casa, también de noche, que debería aprender a disfrutar de su tiempo libre. Entiendo perfectamente que lo último que necesitas es que alguien te hable de las bondades de aburrirse, suena a Mr. Wonderful. Pero me refiero a otra cosa. A esos ratos que sí tenemos y que, sin embargo, somos incapaces de disfrutar sin recurrir a una pantalla.

Y perdón por esto, voy a hacer uso de mi hipocresía y sonar a libro de autoayuda: lo que quiero decir es que leas, que pintes, que salgas a pasear al perro o, si por el contrario no tienes perro (entiéndeme, no todos nos podemos permitir un piso en el que quepa alguien más aparte de nosotros), sal a pasearte a ti mismo; que al despertarte bebas un vaso de agua, hagas la cama y des los buenos días a tu progenitor (la historia del disfraz de Halloween de tu antiguo compañero de primaria puede esperar); que, si sales o disfrutas de una experiencia divertida, tu primer pensamiento no sea subirlo a redes. No sé, que vivas.


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