Ruega por nosotras: la protección como forma de castigo
Pablo Aceituno Ruiz

Daniel Monzón reconstruye el encierro de las jóvenes del Patronato de Protección a la Mujer en un drama sobre la represión y la amistad como refugio.
Hay instituciones cuyo nombre parece diseñado para ocultar aquello que hacen, el Patronato de Protección a la Mujer prometía amparo, pero para miles de jóvenes significó encierro, disciplina y una juventud arrebatada. Ruega por nosotras, la nueva película de Daniel Monzón se acerca a esa contradicción desde la historia de Ana, una adolescente a la que su propia familia entrega a un sistema que dice querer corregirla.
La película, escrita por Monzón junto a Jorge Guerricaechevarría, se sitúa en 1974. Ana, de 19 años, vive en Barcelona y es considerada rebelde por su acomodada familia. Tras una fuga nocturna, su padre decide internarla en un reformatorio de Madrid, regentado por monjas y sometido a un régimen disciplinario brutal. Allí conoce a otras chicas que también han sido apartadas de sus vidas. Entre ellas está Sole, una joven de pueblo cuya vitalidad y cercanía se convierten en el principal apoyo de Ana.
El punto de partida coloca a la protagonista frente a una violencia que no necesita presentarse como excepcional, está legitimada por una institución, sostenida por la autoridad familiar y revestida de un lenguaje moral. La película encuentra ahí su conflicto más potente, la idea de "proteger" a las mujeres se transforma en una herramienta para vigilarlas y castigarlas, mientras la rebeldía juvenil se convierte en motivo suficiente para privarlas de libertad.
Monzón ha explicado que le interesa situar al espectador en la piel de Ana y hacerle descubrir una realidad desconocida. Esa decisión permite que el relato avance desde una experiencia individual hacia una memoria colectiva. La historia no se limita a denunciar los abusos del Patronato, también obliga a preguntarse cómo fue posible que una institución con ese propósito declarado pudiera marcar la vida de tantas mujeres y permanecer durante tanto tiempo fuera del relato público.
En medio de esa opresión, la amistad entre Ana y Sole introduce una forma distinta de resistencia. Su vínculo no elimina la violencia que las rodea, pero ofrece a las protagonistas un espacio de confianza y afecto que el reformatorio intenta negarles.
Zoe Bonafonte encabeza el reparto como Ana, acompañada por Manuela Calle, que debuta en el largometraje, y Adelfa Calvo, entre otras intérpretes. La película se rodó durante nueve semanas entre Barcelona y Bizkaia y reúne a varios colaboradores habituales de Monzón, como el director de fotografía Carles Gusi, la diseñadora de vestuario Vinyet Escobar y el montador Mapa Pastor.
Ruega por nosotras nos invita a pensar, aunque no siempre alcanza la misma intensidad en todos sus tramos. Su mayor valor está en que recupera una historia incómoda y la acercar al presente sin convertirla únicamente en una lección histórica. La película recuerda que la represión no siempre se presenta bajo formas evidentes, también puede esconderse tras discursos de cuidado, moralidad y protección.
El resultado es un drama necesario, con una mirada especialmente valiosa sobre la amistad como sostén frente al abuso. Puede resultar irregular, pero deja una pregunta difícil de esquivar, ¿cuántas vidas fueron castigadas por no encajar en lo que una sociedad esperaba de sus mujeres?
