Para que no se sequen las raíces

03.01.2026

Ana María Martínez Fernández | OPINIÓN

El estreno de Rondallas, la nueva película de  Daniel Sánchez Arévalo, pone el foco en una de esas realidades que a menudo damos por sentadas hasta que el silencio amenaza con olvidarlas. El 2026 comienza con una gran reverencia hacia los laúdes, las bandurrias y ese entorno emocional que une a los vecinos de las Rías Baixas. Una oportunidad de ver la realidad gallega en la gran pantalla. Sin embargo, si uno aguza el oído, lo que resuena detrás de esa ficción no es solo música gallega, sino el eco de una urgencia que recorre toda la geografía española: la necesidad de cuidar nuestras tradiciones antes de que las guitarras toquen su último acorde.

Vivimos tiempos de homogeneización cultural, en la era del algoritmo y la tendencia viral de veinticuatro horas, corriendo el riesgo de convertirnos en ciudadanos de ninguna parte, desdibujados del mapa que construimos con cariño y cuidado. Es aquí donde el folklore (ya sean las rondallas gallegas, las cuadrillas murcianas, los verdiales malagueños o las jotas castellanomanchegas) deja de ser un mero entretenimiento costumbrista para revelarse como lo que realmente es, nuestras propias raíces.

Estas tradiciones no son ceniza del pasado, sino el fuego que calienta la identidad presente y futura. Son el hilo invisible que cose a toda una comunidad, ofreciendo un sentido de pertenencia que ninguna red social puede replicar. Sin embargo, basta pasearse por los locales de ensayo de muchas de estas agrupaciones para ver con sus propios ojos la cruda realidad, el predominio de las canas. Existe una brecha generacional que amenaza con cortar la transmisión de saberes que, en muchos casos, no están escritos en partituras, sino en la memoria oral de nuestros mayores, aquellos que labraron el camino por el que nosotros ahora pisamos. Los que se dedicaron, en cuerpo y alma, en crear la herencia más bonita que existe.

Es vital que los jóvenes entiendan que abrazar el folklore no es un acto de cobardía o añoranza, ni un refugio emocional, sino un acto de empatía y autenticidad. Aprender a tocar un instrumento tradicional, bailar una jota o recuperar un canto es una forma de resistencia contra la banalidad. Es entender de dónde venimos para saber quiénes somos. Se trata de aplaudir a los que vivieron y dar un abrazo a la historia que escribieron.

La película recientemente estrenada en cines nos recuerda que, a veces, hace falta una tragedia para que la sociedad valore lo que tiene. No nos quedemos sentados esperando ese suceso en nuestra historia. La responsabilidad de que el folklore no caiga en el más profundo olvido no recae solo en las instituciones, sino en cada joven que decide que la modernidad no está reñida con la memoria. Porque un pueblo que olvida sus canciones es un pueblo que, tarde o temprano, olvida su nombre. Aprender a vivir de la mano de la nostalgia, para que no se sequen nuestras raíces. Afinemos las cuerdas ahora, aún estamos a tiempo de escucharlas.