Morante ha vuelto
Pablo García | Crónica
Tenía dudas. Serias. Pero Morante de la Puebla ha vuelto como se fue, situándose en una posición insostenible por la exigencia que merece estar permanentemente en su mejor momento. Hoy el albero de la Maestranza brilla consciente de dar sustento al regreso de una leyenda de la que se disfruta tanto como siempre. Esta vez, más que nunca.
Han pasado casi seis meses desde la Corrida de la Hispanidad en la que el maestro de La Puebla, después de una faena consumada con la mejor estocada que se le recuerda, se quita la coleta, la besa y la brinda al público anunciando su retirada. Quien estuviese en la plaza aquella tarde recordará las reacciones de los aficionados: lloraban, manifestaban su enfado, salían de la plaza. Es lícito. Cada uno somatiza el dolor como quiere. O como puede.
«Se torea como se es», decía el maestro Juan Belmonte. Morante es un torero que encarna un fenómeno progresivo. Lejos de resentirse, cada tarde se entrega más, se pasa al toro más cerca, nos evade con la pureza del toreo de antaño. Es un torero que lleva dentro a quienes le inspiran para hacer arte en el ruedo. Un torero insoportable, que hace contener la respiración de la plaza cada vez que regala al público un momento inolvidable.
Con él la tauromaquia no es una moda, sino un modo. Porque nos hace entrar al toreo por el lado más puro. De ahí que ya no se cuente el número de asistentes a sus faenas, sino los minutos que tardarán en colgar el cartel de «no hay billetes». Quien es capaz de vivir la tauromaquia de Morante siente algo que no puede explicar, pero sabe que no quiere —queremos— otra cosa que volverlo a ver.
Morante, por amor al arte
La tarde lo recibe con un protagonismo inevitable, muy a su pesar. Morante no disfruta cuando no parece haber más miradas que las que van en su dirección. Y eso lo hace compatible con la forma tan particular con la que habla, camina o viste. Es popular sin un solo sesgo populista. Es su legítimo derecho a la autenticidad.
El traje con el que vuelve, de pedrería y azabaches cristalinos, que hacen brillar más aún al maestro, recuerda a los vestidos de torear del siglo XIX y que ahora llenan las salas de los museos taurinos. Se deja ver por primera vez cuando rompe el paseíllo. Lo hace en solitario por unos metros, detalle de sus compañeros de tarde Andrés Roca Rey y David de Miranda. Ovación para recibir al matador tras el minuto de silencio por las víctimas de Adamuz, Ricardo Ortiz, Rafael de Paula y Álvaro Domecq.
Torea el primero de la tarde, Golfante, de Garcigrande, aunque sin entrega del astado. Hay que ser muy buen torero con los toros malos, y Morante lo fue dentro del ritmo con el que el animal marcaba el compás de la faena. Serio, de manos muy cortas. La dificultad que supone un toro así impide gran lucidez con el capote. También con la muleta, breve y sosa, que termina con una estocada limpia.
Llega el cuarto toro, segundo y último para el diestro de la Puebla aunque completamente ajeno a su regreso porque sale con la misma falta de entrega que su hermano. Morante saca brillo entonces de la pureza de la verónica. El toro responde entrando por dentro con disposición de arrollar al matador si por un momento le perdiese la cara. No lo hace. Morante torea despacio, sereno, con valor.
El maestro continúa firme mientras escucha la aprobación espontánea pero unánime de los aficionados al corear cada uno de los pases. Se viene arriba y recorta cada vez más la distancia con un animal acelerado, ahora sí, entregado a las disposiciones del matador. Tanto que por un momento parece detener el tiempo.
Morante consigue ralentizar la embestida del toro hasta el punto de frenarlo en mitad del viaje, con el lance ya hecho. Esos segundos de pausa son un regalo a la tauromaquia del temple y el valor sereno que encarna el sevillano. Continúa moviendo el capote con una facilidad inexplicable para terminar con una revolera que enloquece al público. Ahora sí. El vuelo del capote, las muñecas sin despegar del cuerpo, la belleza del toreo en su máxima expresión.
La faena de muleta consagra la pureza de la anterior. Torea perfectamente colocado, dando el pecho y enganchando al animal de adelante a detrás de la cintura. Los oles amenizan la obra de arte. Los derechazos son muy sentidos por el propio Morante, que encuentra en uno a pies juntos un recuerdo a su amigo Rafael de Paula. Fue el mejor homenaje de la tarde.
Por la izquierda el ritmo fue distinto, pero tuvo arte hasta para pedir la espada con la que consumó una faena inmaculada. Por su capote, la inteligencia en la lidia, la exquisitez de la estocada. La sentencia hizo justicia. Morante entra y sale por la Puerta Grande de la plaza de Sevilla con dos orejas del cuarto toro que otorga el presidente, sin resistirse a la insistencia de los aficionados, eufóricos y a gritos coreados de «José Antonio, Morante de la Puebla».
Morante ha vuelto y ni él sabe hasta cuándo. Quizá nunca se haya ido. Lo que se puede intuir es que ha nacido para emocionar con su talento, sus formas de torear. «Está feo que yo lo diga, pero vuelvo porque hago falta», reconoce el maestro en la entrevista de esta mañana en ABC. Está feo que yo lo diga, pero tiene razón.
