Morante de la Puebla: ¡es el mejor de la historia!
Morante de la Puebla firma en Sevilla una de las mejores faenas de su carrera…y pierde el rabo con los aceros
Rubén Castillo | OPINIÓN
Menos mal que volviste José Antonio, menos mal que no te fuiste aquel 12 de octubre en Madrid, menos mal que estabas hoy aquí en Sevilla para hacernos llorar con tus lances a la verónica, con tus añejos pares de banderillas, con tus muletazos al ralentí, con tu inspiración, con tu torería, contigo maestro.
Las agujas del reloj marcaban las 19:45 de la tarde del 16 de abril, y hacía acto de presencia Colchonero, cuarto de la tarde con el número 54, del hierro de Álvaro Núñez, que se encontraba con un Morante apoyado en tablas, totalmente relajado, como el que ve pasar a un autobús, sin prisa, esperando para parar al cuatreño volando el capote a una mano - recordándonos a aquel 1 de mayo de 2025-. Desistió el cigarrero, y decidido, salió al tercio a volar el percal con suavidad, parando, mandando y templando las embestidas del animal, con unas verónicas muy ajustadas y una media de un descomunal garbo, poniendo al respetable patas arriba y rompiendo a sonar la música.
Muchos dirían que "ya está pagada la entrada", pero Morante es mucho más.
Cruzó los brazos y volvió a emocionar con unas "tijerillas", una suerte de la tauromaquia de Pepe-Hillo allá por el siglo XVIII. El delirio no terminó ahí, cogió los rehiletes y clavó dos auténticos pares de banderillas en toda la cara. El fervor popular despertó -aún más si cabe-, cuando José Antonio solicitó una silla de madera al tendido, y se sentó con la montera calada y una torería inigualable para poner el último par de banderillas al quiebro.
La silla seguía ahí, la silla para la historia no se movía. Volvió Morante a su trono y comenzó la faena -con el público ya de pie- trazando unos ayudados por alto sentados para rematarlos con un natural eterno y un pase de pecho a la hombrera contraria. Ya comenzaba el runrún de rabo en los tendidos. Dios en la tierra estaba en Sevilla, y nosotros presenciándolo. En un palmo de terrero cuajó al toro por ambos pitones, con muletazos de mano muy baja, a cámara lenta y ceñidos a más no poder. Las camisas terminaron de romperse con un natural circular que duró una hora, un natural de 360 grados, un natural para la historia del toreo. Ya estábamos todos nerviosos en estos instantes en los que cogió el acero. Pichó una faena de rabo - que ya cortó el 26 de abril de 2023-, una de las faenas de su vida, una de las faenas de nuestra vida.
Se pidió la oreja y no fue concedida por el palco presidencial. Pero qué más da, si las orejas son despojos, como diría el maestro Rafael de Paula. Dos vueltas al ruedo eternas -como sus muletazos- llenaron de sombreros y habanos el albero maestrante, pero sobre todo llenaron de lágrimas las pupilas de los allí presentes, que se sentían afortunados de haber nacido en la época de Morante de la Puebla.
21:15 de la tarde, momento en el que la locura inundó a los jóvenes aficionados, que saltaban al ruedo con un único objetivo: sacar por la Puerta del Príncipe al de La Puebla del Río. Miles de personas en el piso deseando tocar a ese torero en volandas, como el que desea tocar a Dios, con el Morantismo como religión en vena.
Las autoridades impidieron que el cigarrero -que no había cortado las 3 orejas mínimas reglamentarias- saliera a hombros mirando al Guadalquivir. Finalmente, lo hizo por la puerta de cuadrillas, bajo los coros de un grito unánime: "¡José Antonio, Morante de la Puebla!"
Y sí señores y señoras, somos unos afortunados de haber coincidido con José Antonio Morante Camacho, el mejor de la historia.
