La volatilidad de la empatía

12.10.2026

Juan Valverde Álvarez

Fuente: pexels

Todo el mundo quiere ser empático. De hecho, si preguntas a la mayoría de personas en una sala, te dirán que su mayor virtud es saber escuchar, virtud que, por otro lado, resulta bastante pretenciosa atribuirse con tanta facilidad.

La facilidad con la que decidimos ponernos en el lugar de alguien es pasmosa, lo hacemos en automático prácticamente, como si la empatía consistiera simplemente en trasladarnos mentalmente a la vida de otro, como si de la película de Inception se tratase, ya le gustaría a Nolan. No creo que la intención de la empatía sea simplemente la capacidad de percibir, comprender y compartir los sentimientos, pensamientos y emociones de otras personas, como dice la RAE, de hecho creo que va mucho más allá.

Para empezar, no basta con imaginar qué sentiríamos nosotros si estuviéramos allí, esta es la principal problemática. Hay una gran diferencia entre intentar comprender y discernir lo que le ocurre al otro y, por otro lado, preguntarnos cómo nos sentiríamos nosotros si nos ocurriese lo mismo. En el primer caso hay atención, en el segundo, proyección. Es decir, entre ambas se dibuja una línea difícil de detectar pero fácil de diferenciar, donde la empatía deja de ser una práctica conjunta y empieza a convertirse en una experiencia propia.

¿Hasta qué punto queremos comprender al otro y hasta qué punto necesitamos transformar lo que le ocurre en algo que podamos interpretar y soportar? O mejor dicho, viajemos directamente a la pregunta que me hace escribir esto.

¿Cuántas veces queremos aliviar el sufrimiento del otro y cuántas queremos dejar de sentir nosotros el sufrimiento que nos produce contemplarlo?

El psicólogo C.Daniel Batson describe la angustia que sentimos al presenciar el sufrimiento ajeno y que puede motivarnos a escapar de esa situación para aliviar nuestro propio malestar, es decir, la angustia de ver a una persona mal nos hace protegernos a nosotros mismos y de alguna forma, querer escapar de esta situación de cualquier manera, en forma de consejos banales, cambios de temas o de una total y dolorosa incomprensión.

Con esto llegamos a una de las grandes dificultades de ser empático, el hecho de renunciar a la necesidad de sentir que estamos haciendo algo activamente. Las soluciones no llegan de un día para otro, eso está claro, hay veces que las soluciones simplemente no lo son, escuchar, comprender y acompañar en ciertos momentos no son suficientes, ahí es cuando uno debe darse cuenta si el ejercicio que realiza es con intención de entender, y no de ocultar detrás de una necesidad que tenemos. 

Quizá por eso la empatía es tan volátil, porque depende de la cantidad de dolor que uno pueda tolerar en la acción que realizamos, o bien, de cuánto necesitamos que este dolor tenga sentido para uno.

Esta actitud no significa perder la preocupación por otros, porque nuestra capacidad de permanecer sigue ahí, pero como todo, tiene límites. La cosa es reconocer esos límites y convertirlos en el centro de la experiencia del otro. La alteridad de Emmanuel Levinas nos enseña que el Otro es radicalmente distinto al Yo y no puede ser absorbido y entendido por completo ni reducido a las propias categorías mentales, es decir, el otro no deja de ser otro por mucho que lo entendamos. 

A veces nos apresuramos a buscar experiencias equivalentes ante el dolor de otro, algo que nos permita acercarnos a esa persona, pero caemos en el riesgo de que terminemos hablando de nuestra propia experiencia en lugar de seguir escuchando la suya, no toda situación necesita ser comprendida, ni toda experiencia debe parecérsenos para merecer nuestra atención.

Puede ser que el ser empático entonces no sea ponerse en el lugar de alguien, ni siquiera encontrar palabras para ayudarlo o si quiera hacerle sentir comprendido, en este punto ni yo sabría desdibujar la línea. Tal vez simplemente consiste en aprender a distinguir entre el dolor que el otro está viviendo y el malestar que ese dolor despierta en nosotros.

En definitiva, no toda necesidad de consolar es egoísta, ni toda solución es una forma de evasión, pero no pasa nada por pararte a plantearlo aunque sea los minutos que tardas en leer esto. Quizá la inmensidad de mi cuarto me está volviendo loco, o es que le doy demasiadas vueltas a las cosas y debería volver al fútbol, no sé.

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