La vanidad de las despedidas
Santiago Martínez Jiménez

"Odio las despedidas". Esta es sin duda una de las frases más escuchadas popularmente, siempre que llega la hora de dejar atrás todo lo que apreciamos: nuestra familia, nuestra casa, nuestros amigos, nuestros amores, etc… Sin embargo, pensar en las despedidas como algo caótico es ilógico.
Piensen ahora en una familia humilde, la cual ha tenido que trabajar y sacrificar la mayor parte de su tiempo para que, con sudor y lágrimas, su hijo o hija pueda acceder a una educación superior. ¿Por qué entonces una despedida iba a ser triste? Ese o esa joven tiene ahora la oportunidad de prosperar y conseguir todo aquello por lo que su familia ha luchado. Es duro, abrumador y angustioso y, sin embargo, no afrontar dicha situación solo por el hecho de tener que lidiar con una «dolorosa despedida» es una práctica egoísta.
No obstante, no todas las despedidas son iguales. Aquella madre que debe afrontar, de una manera forzosa, la muerte de su hijo en un hospital por una (dichosa) enfermedad terminal, está en su derecho de entristecerse por la pérdida. Esa despedida es triste, pero es inevitable. Al igual que ese padre que debe despedirse de su hija de meses para abandonar el país y cruzar una frontera con el objetivo de encontrar un mejor futuro para ella y para su esposa. Esa despedida es triste, pero inevitable.
Una despedida no es más que un mero trámite hacia un lugar diferente. Hasta la muerte lo es, pues nadie ha conseguido responder a que hay tras ese predecible «final».
Debemos concebir las despedidas como lo que son, despedidas. No podemos ampararnos en un argumento tan vacío como es no gustarte afrontar la realidad. Un punto de inflexión (inevitable) que supone el final y el inicio simultáneamente.
