La tortura de vestir bien

25.09.2026

Jaime Álvarez Casalderrey

Tienen que pasar como mínimo unos treinta minutos para darme cuenta de una triste realidad: llevo media hora deslizando perezosamente la pantalla de mi móvil, viendo incontables prendas de ropa distintas, sin prestar demasiada atención y con un creciente sentimiento de insatisfacción en el pecho.

Soy tremendamente consciente de que se trata de un escenario bastante común. En mi caso se repite con más frecuencia de la que mi orgullo me permite admitir; ya sea en mi cuarto, tumbado sobre la cama con el armario abierto de par en par, los cajones a medio vaciar y gran parte de mi ropa cubriendo todo hueco libre en el suelo; o al salir del metro, tras haber pasado la mayor parte del trayecto observando los outfits del resto de viajeros con una admiración (o más bien una envidia) desmedida. Sigo un patrón que he llegado a reconocer rápidamente en los últimos meses. Entro en una especie de espiral en la que camino absolutamente mareado, con el móvil pegado a mi mano, malgastando horas en Pinterest, Vinted, Zara o Pull & Bear, buscando algo, sin saber muy bien el qué, pero algo con lo que poder estar conforme. Una vez veo que nada funciona tal y como yo esperaba, me rindo y continúo con mi vida de manera normal; eso es hasta la próxima vez que tenga que coger el metro para ir al centro, o que tenga que matar las horas muertas tumbado en mi cama.

¿Cuándo se convirtió el vestir bien en una carrera tortuosa hacia una meta sin fin? ¿Es algo con lo que tenemos que vivir diariamente?

A lo largo de mi vida he estado al tanto de la importancia que tiene la moda en el día a día. Gracias a películas tan icónicas como la famosísima El diablo se viste de Prada, y a figuras tan importantes como mi hermana mayor (gran discípula de la moda y conocedora constante de los constantes cambios en las tendencias), aprendí rápidamente una idea tremendamente generalizada: la moda es un elemento esencial de lo cotidiano, y sirve como reflejo de la propia persona. Ha sido con esta idea en mente que he ido alternando estilos conforme me he ido haciendo mayor; comenzando por los largos años de la infancia, en los que, al no tener conciencia aún, mi ropa era más un reflejo de lo que mis padres aseguraban que me representaba, que una imagen fiel de quién era; pasando por los primeros años de la adolescencia, llenos de caos e incomodidad, traduciéndose esto en un estilo difuminado y cambiante, absorbiendo todo lo que me rodeaba y transformándolo posteriormente en un estilo más claro y definido.

Admito que albergaba la esperanza de que, a mis casi 21 años, tendría las ideas algo más claras y conocería con seguridad mi estilo, y buscar ropa nueva no me supondría un esfuerzo agotador. Sin embargo, este deseo de encontrar ropa fiel a mi persona ha pasado de ser una manera de expresarme y estar cómodo en mi propia piel a esta carrera de fondo en la que participo con desesperación para alcanzar la tan atractiva idea de estar a la última y provocar admiración en cada círculo de mi vida.

Esto es un evento relativamente reciente, no siempre he sido tan insaciable.

¿Cuál es el origen entonces?

Reflexiono frecuentemente sobre este tema, intentando encontrar la causa, cuando enciendo inconscientemente el móvil y me choco de bruces con la verdad: nunca había estado tan expuesto a contenido de moda como ahora.

Influencers tan ligados a la moda como thespicyjames, julenalonso, nachoferrero y andywaak, por nombrar a algunos, han inundado mis redes sociales en los últimos meses. Su contenido es bastante similar y podría resumirse en vídeos cortos diarios en los que hablan de las últimas tendencias, de sus outfits recientes, los cortes de pelo que mejor nos quedan a los hombres, los pantalones que más merecen la pena este verano, consejos útiles para comprar en Vinted, indicaciones para encontrar las mejores camisetas henley, posibles combinaciones de colores para no vestir siempre de negro…

En resumen, una eternidad de consejos y listas en las que es prácticamente imposible no perderse.

Ojo, esto no es una crítica a su contenido y menos aún a su forma de vestir. Sería incapaz de enumerar la infinidad de veces en las que me he quedado embobado frente a la pantalla, admirando tanto el estilo de algunos de estos creadores de contenido como su aparente facilidad para portarlo. No sólo eso, sino que admito que puede resultar increíblemente útil como guía didáctica para aprender una serie de básicos acerca de la moda y puede facilitar la búsqueda de un estilo propio y concreto.

El problema viene cuando la constante exposición a este tipo contenido hace que se convierta en un ruido molesto y constante y, por ello, todas estas recomendaciones pasan de ser una herramienta de utilidad a un peso enorme bajo el cual nuestra admiración se convierte en un anhelo incontenible por replicar. Este juego de imitación lleva inevitablemente a la cruda realización de que no somos capaces de vestir como un influencer y nos damos de bruces con una gran variedad de obstáculos entre los cuales destaco el dinero, la falta de oportunidades para lucirse o, a un nivel más personal, el nivel de inseguridad que nos afecta a cada uno. Estos influencers viven por y para eventos, se apoyan en infinitas colaboraciones con marcas y cuentan con una gran base de apoyo -sus seguidores- dispuestos a comentar bajo cualquier simple post su enorme admiración. Una vez ves cuatro vídeos suyos seguidos, en los que hablan sobre lo fundamental y sencillo que es estar a la última, es inevitable enfrentarte a la culpa, la envidia, la impotencia y la frustración con uno mismo.

¿Estaré buscando en las tiendas que no debo?

¿Por qué no puedo tener yo un armario como el suyo?

¿Qué debería cambiar en mi para que me quede la ropa como a ellos?

Una vez sembrada esta realización te encuentras en el centro comercial más cercano, entrando en cada una de las tiendas. Recorres Pull&Bear, Bershka, HyM buscando lo más parecido a lo que andywaak llevaba en su publicación más reciente. Después pasas a Zara y a Uniqlo, a la caza de una chaqueta que sea idéntica a la que thespicyjames ha asegurado que será la chaqueta del otoño. Horas después el aire cargado y la luz cegadora que tanto caracterizan a los centros comerciales se vuelven asfixiantes, así que rápidamente coges el metro y te diriges a Malasaña, núcleo principal de las tiendas vintage. Exploras por las pequeñas tiendas, pero siempre te quedas con la amarga sensación de que todo es excesivamente caro o que nada te queda lo suficientemente bien. Vuelves a casa arrastrando los pies, bien por el cansancio de esta ruta, o bien por el sentimiento de derrota al volver con las manos vacías.

Analizándolo desde una perspectiva más racional, es lógico que esta rutina lleve siempre a una sensación de fracaso. Desde el momento en el que empiezas a deslizar la pantalla sin control, la concepción sobre ti mismo empieza a difuminarse y es relegada a un segundo plano. Al darnos cuenta de que estos influencers viven vidas completamente alejadas de nuestro alcance, vemos que vestir como ellos es una tarea tremendamente difícil; así que nuestra solución es conseguir la imitación más cercana posible, por lo que partimos hacia un objetivo que no nos es propio desde un primer momento. Empezamos a movernos sin pensar detenidamente si de verdad las prendas que buscamos son realmente un reflejo de quién somos y no un intento de réplica fundado en la envidia y la inseguridad. Tal vez algunos estarían más cómodos vistiendo de forma básica y sencilla; o tal vez otros serían más auténticos sin aportaran un toque de extravagancia a su armario. La situación es distinta para cada uno, pero compartimos el hecho de que, actuando desde el principio en base a esa necesidad de copiar, no estamos siendo fieles a nosotros mismos, y por ello no es posible llegar a estar satisfechos del todo con nuestra ropa, no revela una autenticidad particular.

¿Qué podemos hacer para que nuestra forma de vestir vuelva a ser el reflejo del ser propio como una vez lo fue? ¿Nos desinstalamos las redes sociales en modo de protesta? El otro día mi pareja afirmó, con una sencillez sorprendente, que ya estaba harto de la moda y que ya ha dejado de importarle. Me quedé mudo ante la firmeza de sus palabras. ¿Tan fácil es para algunos? ¿Es todo esto una simple cuestión de madurez y sólo hay que dejar que el paso del tiempo endurezca nuestra piel y nos haga inmunes? No tengo una respuesta clara, y si se trata de la segunda opción, puedo asegurar que aún no he llegado a ese punto de liberación. Sigo levantando la cabeza en el vagón del metro, observando detenidamente a mi alrededor; y quince minutos antes de salir de casa, abro desesperadamente los cajones de mi armario y me someto a la abrumadora tarea de buscar algo que ponerme, entrando en el mismo bucle una y otra vez.


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