La gente está hambrienta

01.10.2026

Laura Muñoz López


Músicos callejeros / Pexels

Es fácil pensar que las calles no nos pertenecen. Un espacio de encuentro que hemos convertido en un lugar de tránsito: caminamos hacia un lugar específico, nuestra ruta se resume en "de punto A a punto B" y rara vez paramos en la acera para habitar ese lugar durante unos segundos más de los necesarios. Pero este estado de constante movimiento tiene sus excepciones.

Aquí aparecen las artes callejeras, como las pinturas en murales, los espectáculos de acróbatas o la música en vivo, que nos frenan. Decenas de personas rodean a los artistas, diseñando un escenario para ellos delimitado por los propios espectadores. La cultura no reside únicamente en museos, libros de texto o teatros clásicos, sino que aparece espontáneamente en la calle.

El deseo de experimentar la cultura se ha visto obstaculizado por diferentes razones: la inaccesibilidad a la denominada "alta cultura" (por ejemplo, el absurdo precio de ir a la ópera o de las grandes cadenas de cine) y la deshumanización de los autores. Esta última siempre me ha apenado enormemente. Considero que hemos antepuesto la etiqueta de "pintor", "escritor" o "cantante" que la de "ser humano" dentro de los grandes genios de la historia de la humanidad.

Si la gente rechaza aprender sobre la vida de Caravaggio, creen que se dedicaba únicamente a pintar y deben pagar un pastizal para presenciar su cuadro en persona, ¿por qué empatizarían con él? Si solo impacta en su vida en forma de un párrafo que deben memorizar para aprobar Historia del Arte en bachillerato. Mientras que, en este caso, observamos exclusivamente su cuadro, las artes callejeras nos enfrentan cara a cara con el creador. Conocemos al artista: le escuchamos, vemos cómo se siente al gesticular expresiones en su rostro y notamos cómo él nos mira mientras continúa con su oficio.

Por eso, la gente busca una cultura a la que poder sentirse vinculado. Los peatones desean parar y escuchar un cover un poco desafinado de Shape of You y observar un grafiti que critique los sucesos que ellos mismos presencian, porque se sienten parte de ello. La unificación de espectadores orbitando alrededor de un grupo de jóvenes que, por ejemplo, presumen de su habilidad para hacer trucos con un balón genera un sentido de comunidad. Personas totalmente desconocidas buscan compartir un momento juntos, evadir sus diferencias y finalmente, residir en las calles que tanto les pertenecen.

Es indudable la asunción de que estamos presenciando una época de nuestra historia plagada de injusticia, crisis y polarización. Frente al lazo que unifica la sociedad y la cultura, autores como Juvenal han declarado cómo, según ellos, las artes se convierten en una niebla que ciega a la población para que no muestren interés en lo que ocurre a su alrededor, como refleja en su famosa cita: Panem et circenses. Desearía alterar esta idea: la cultura no es una evasión de la realidad, sino una herramienta que nos ayuda a atravesar el dolor, la impotencia y la soledad.

Un ejemplo de esto fue el crecimiento de la asistencia a los cines en Estados Unidos tras la crisis del Crac del 29. Una entrada costaba apenas unos 10 o 25 centavos de dólar, un precio accesible para todos. Por esa mínima cantidad, el espectador compraba entre tres y cuatro horas de entretenimiento continuo que incluía dos películas (sesión doble), los noticieros de actualidad y dibujos animados. Se estima que, a mediados de la década de 1930, entre 60 y 80 millones de estadounidenses iban al cine cada semana. (Pautz, s. f.)

Esto no se debe únicamente al deseo de sentarse en una habitación con aire acondicionado. La gente ocupaba las butacas con la intención de sentir y verse a ellos mismos dentro de la cinta: podían ser grandes aventureros o descubrir a personajes con sus mismas incertidumbres y pensar para sí mismos "no estoy solo en esto". Los grandes lujos abandonan con facilidad a sus consumidores: a Chanel no le va a importar que te hayan despedido del trabajo y ya no puedas comprar sus camisetas. Pero los cines independientes, las bibliotecas públicas o un concierto esporádico de salsa al ras de El Rastro los domingos van a estar siempre disponibles para ti.

La crisis nos acerca a la cultura. No es necesario viajar a otros países o al pasado para ejemplificar esto: ¿Qué hicisteis el día del apagón? La mayoría de personas decidieron inundar las calles de música improvisada, juegos de cartas o se sentaron en algún banco para leer.

A todos nos gusta sentir que somos parte de lo que nos rodea, y las grandes ciudades o la apatía nos pueden convertir en individuos solitarios, esclavos de sus propias calles. Y pensamos que ese vacío, esa hambre, proviene solamente de la ausencia del pan. Por eso la gente tiende a denunciar la injusticia material por encima de cualquier otra. Entiendo que una es prioritaria ante la otra (si me estuviera muriendo de sed, preferiría un vaso de agua antes que una copia de La Celestina).

Pero quiero que vayamos todos un poco más allá, y declaremos nuestro enorme apetito por el circo. No el que nos distrae de los demás problemas, sino el que nos unifica frente a adversidades, el que nos recuerda que formamos parte de algo mucho más grande. El que hace que nos paremos por la calle.


Pautz, M. C. (s. f.). The Decline in Average Weekly Cinema Attendance, 1930-2000. eCommons.
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