La desaparición de los grises: Una sociedad polarizada y sin pensamiento crítico
Claudia López Sánchez

El hecho de que la sociedad actual se encuentra sumida en una profunda polarización es una realidad que debemos aceptar. Estamos claramente divididos en dos bloques ideológicos, opuestos y aparentemente irreconciliables entre los cuales el centro ha perdido toda relevancia y visibilidad.
Divisiones así no son nuevas, pues existen desde el principio de nuestros tiempos. En el siglo III d.C cobró fuerza el movimiento maniqueísta. Dicho movimiento, apoyado y estudiado por grandes filósofos como Agustín de Hipona, sostenía que el universo se rige por dos fuerzas completamente contrarias que se encuentran en una constante lucha: la Luz (representando el bien y lo espiritual) y la Oscuridad (el mal, lo material).
En el maniqueísmo existía esta clara división y se entendía a la perfección cuando se estaba en presencia de uno y otro. Sin embargo, con la polarización que hoy acecha, sentimos que nuestras ideas son las válidas y que aquel que piense completamente en contrariedad a nosotros se encuentra en el bando malo, desdibujándose así el ya mencionado centro ideológico. Nosotros somos la Luz y los que piensen distinto son, claramente, la Oscuridad. O formas parte de un extremo o formas parte del otro. Blanco o negro. Sin opción de grises y mucho menos opción de duda.
Cierto es que nosotros mismos nos sentimos cómodos dentro de esta polarización. Sentirnos de un bando nos da sensación de identidad, de pertenencia a un grupo y a un movimiento y nos ahorra tener que ejercitar nuestro propio pensamiento crítico, comprando un relato completo en el que no existen los matices. Y una vez dentro de ese grupo, solo podemos mirar hacia el otro lado por encima del hombro, pues claramente nuestros ideales son los únicos correctos y evidentemente superiores.
Si alguien dentro de nuestro grupo propone una idea que no va de la mano con nuestros extremos, ya es automáticamente del otro sector ideológico. ¿Por qué no somos capaces de dejar lugar para la duda? El problema no son el blanco y el negro, sino que no tengamos iniciativa para descubrir por nosotros mismos el resto de colores. Necesitamos dudar para crecer y evolucionar, no solo personalmente, sino también como sociedad.
Estamos tan acostumbrados a pertenecer a un bando u otro que hemos olvidado que necesitamos hacer algo tan básico como pensar por nosotros mismos para construir una propia identidad. Esto no quiere decir que no se necesiten certezas, sino que tenemos que perder el miedo a evaluarlas. El mayor peligro de la polarización no es solo que pretenda dividirnos entre nosotros con el fin de favorecer a quienes les interesa que pensemos como ellos (es decir, a aquellos que lideran estas ideologías que muchos compramos), sino la pérdida de la capacidad para pensar por nosotros mismos.
Pensar críticamente es un ejercicio incómodo para una sociedad que se ha acostumbrado a tenerlo todo al instante. Poner en duda lo que ya hemos asumido como cierto (lo que leemos, lo que escuchamos, lo que consumimos…) exige reflexionar sobre nuestros propios ideales, pudiendo llegar a contradicciones, lo que es aún más incómodo. Sin embargo, son en estas contradicciones donde encontramos nuestra coherencia como seres humanos. Nos hace humanos reconocer que nos equivocamos o que una idea que creíamos cierta ya no se sostiene. La evolución y el crecimiento personal no se dan si no somos capaces de revisar nuestra convicciones cuando creemos que debemos hacerlo.
Tal era la convicción de San Agustín de Hipona en relación al maniqueísmo que estuvo defendiéndolo y formando parte del movimiento durante diez años de su vida. Sin embargo, a lo largo de su trayectoria filosófica fue acumulando diferentes dudas y pensamientos que le fueron alejando gradualmente del pensar maniqueista. Así, en su libro Confesiones terminó escribiendo lo siguiente: "Caí en manos de unos hombres que deliraban soberbiamente (…) y decían: ¡La Verdad, La Verdad!, y me la nombraban a cada paso, pero no estaba en ellos". No hay mejor ejemplo que este para explicar la polarización: todos creemos que en nuestros ideales reside la verdad, pero no tiene porque necesariamente ser así.
Tenemos que reconducir nuestra propia sociedad, pues comienza a confundir las diferencias con enemistad y la reflexión con debilidad. Pensar críticamente no significa renunciar a nuestras ideas, sino tener el valor de cuestionarlas y reconocer que podemos estar equivocados. Una sociedad no evoluciona cuando todos piensan igual, sino cuando sus miembros son capaces de escucharse y aprender de sus diferencias.
