Hasta el infinito y más allá
Andrés Gallego Tapiador

Cuando era niño, fui testigo de una de las mejores historias de amistad jamás contadas. Aprendí junto a Woody y Buzz a aceptar al otro, a trabajar en equipo, pero, sobre todo, a ser un amigo fiel.
Unos meses más tarde, estos mismos personajes me enseñaron a luchar, a tomar decisiones importantes, a veces dolorosas, y aceptarme y quererme tal y como soy.
Varios años después, me sucedió algo que jamás había sentido. Fui al cine a ver, en principio, una aventura más de mis compañeros de pantalla, el vaquero y el astronauta con los que tanto había jugado y aprendido cuando era niño. Sin embargo, aquel día no encontré una simple película infantil cuyo único fin es el de entretener y sacarle unas risas al público joven que tocara, encontré mucho más que eso.
Descubrí una historia con mucha más profundidad, un relato con un desconfiable aroma a fresa que te mostraba cómo había pasado el tiempo, cómo los personajes habían madurado, crecido, y cómo nosotros lo habíamos hecho también sin darnos cuenta. Aquella historia en esa guardería resultó ser, paradójicamente, el eslabón más dramático, sentimental y duro de toda la saga, poniendo una guinda perfecta con su última media hora a una de las trilogías más prestigiosas y fabulosas de la historia del cine animado.
Hoy, más de quince años después de aquel cierre perfecto, y cuando ya aquellos niños y después adolescentes, víctimas de la adultez, casi hemos olvidado, aunque siempre convivido, con aquellas aventuras de Andy y sus juguetes, aparece una nueva entrega (pasando por el peaje de una cuarta innecesaria) cargada de intencionalidad y reflexión, muy al estilo de la franquicia.
Nuestros juguetes de confianza salen al rescate de una nueva sociedad víctima de la tecnología, de la dopamina, y nos hacen cómplices y partícipes del problema deseando acabar con todo dispositivo informático como si nosotros no fuésemos quien los alimenta.
Las dificultades para relacionarnos, el nuevo mundo artificial, o el intentar encajar en el complejo puzle de la nueva sociedad son algunas de las lecciones que los muñecos y su nueva dueña nos tratan de enseñar.
Toy Story aparece de nuevo cuando más se la necesita para recordarnos que debemos ser fieles, pero esta vez no sólo a nuestros amigos como en la primera entrega, sino también a nosotros mismos. Debemos luchar para que lo que nos hace únicos prevalezca y por mantener intacta nuestra autenticidad e imaginación.
Gracias Disney, gracias Pixar, por habernos detenido durante algo más de noventa minutos con la excusa de ver a nuestros juguetes en acción para hacernos reflexionar, hacernos partícipes de los nuevos problemas de la sociedad, pero sobre todo, enseñarnos de nuevo que con unidad, bondad, trabajo en equipo y entrega, podremos, al igual que siempre nos enseñaron Woody, Buzz y compañía, superar todas las adversidades que nos encontremos.
