El pueblo contra el pueblo
Claudia Moro Montiel

Hoy, 12 de octubre de 2026, Día de la Hispanidad, hemos sido testigos de unas imágenes que resultan, cuanto menos, vergonzosas y preocupantes para la historia de este país.
En la Puerta del Sol, en Madrid, centenares de jóvenes portaban banderas de España y cruces de Borgoña mientras gritaban "¡Rojo muerto, abono para mi huerto!" frente a las personas acampadas en la plaza para reivindicar su derecho a una vivienda digna y denunciar la crisis habitacional. Al otro lado, los acampados respondían con cánticos como "¡Aquí están los antifascistas!".
"Yo soy español", proclamaban los primeros, como si quienes se encontraban frente a ellos no compartieran la misma nacionalidad, la misma tierra o, al menos, el mismo derecho a formar parte de ella. Como si ser español dependiera de una ideología, de una bandera o de una determinada manera de entender el país. Como si España perteneciera únicamente a quienes piensan como ellos.
Entre los gritos también resonaban las estrofas del Cara al sol, himno vinculado a la Falange y a la dictadura franquista. Resulta especialmente inquietante escuchar esto en boca de los jóvenes, precisamente de una generación en la que muchos depositan su esperanza para construir una sociedad más justa, libre y democrática. ¿Qué estamos haciendo mal para que una parte de nuestra juventud encuentre en el odio y en la exaltación de un pasado autoritario una forma de reivindicación política?
Las imágenes no se limitaban a Madrid. En Barcelona, la plaza de Catalunya ha sido escenario de una situación similar. Allí, un grupo de manifestantes convocados por el partido neonazi Núcleo Nacional se han concentrado cerca de las tiendas de campaña instaladas desde hace semanas por personas que protestan contra la crisis de la vivienda.
Conviene detenernos a pensar en el significado de una guerra civil: término que refiere a cualquier guerra donde los participantes están generalmente formados por dos o más ejes políticos contrarios generados en el mismo Estado. Su característica más común es que el conflicto armado se desarrolla en un mismo país, enfrentándose entre sí personas de un mismo lugar (ciudad, pueblo o comunidad) defendiendo, usualmente, dos intereses distintos. Nos encontramos precisamente ante un momento en el que el vecino deja de ser un vecino para convertirse en un enemigo; en el que las ideas dejan de discutirse y comienzan a imponerse mediante el miedo, la violencia y el odio.
España conoce demasiado bien las consecuencias de un enfrentamiento de esta naturaleza. Nuestra historia debería servir como una advertencia sobre el precio que puede llegar a pagar una sociedad cuando la intolerancia se impone al diálogo. Sin embargo parece ser cierto el dicho: "quien no conoce su historia está condenado a repetirla" (George Santayana; filósofo, escritor, ensayista y poeta).
Recordar la Guerra Civil española no significa afirmar que estemos condenados a repetirla ni que cualquier enfrentamiento político nos conduzca inevitablemente a una tragedia del mismo estilo. Significa comprender que la convivencia democrática nunca debe darse por garantizada. Precisamente por respeto a quienes padecieron aquella tragedia, deberíamos respetar la memoria histórica y evitar que se utilice para fomentar nuevos enfrentamientos.
En el momento en el que una sociedad normaliza el odiar al prójimo por sus ideas, las faltas de respeto constantes que eso conlleva y la división tan alarmante a la que se está llegando por ciertas situaciones empieza el verdadero peligro.
Filósofos como Aristóteles describen el odio (misos) como un sentimiento hacia una clase de persona, caracterizado por el deseo de que el otro deje de existir o sufra un mal. Por su parte, Albert Camús, en una entrevista publicada en diciembre de 1951 en Le Progrès de Lyon, afirmó que el odio es en sí mismo una mentira existencial pues silencia una parte de la condición humana y niega aquello que, en cualquier persona, merece compasión. Este también habló acerca del peligro colectivo en cuanto a la transformación de la gente común en instrumentos de crueldad cuando el odio se vuelve sistémico y organizado, señalando que la intolerancia, la estupidez y el fanatismo juntos destruyen la esperanza.
A la vista de las imágenes de hoy, aunque no sea la primera vez que presenciamos escenas de este tipo, podemos afirmar que la polarización y el odio están demasiado presentes en España. La sociedad se agrupa en bloques ideológicos que moldean la visión del mundo e incluso los estilos de vida de quienes forman parte de ellos. En este enfrentamiento, las diferencias se exageran hasta el punto de que cualquier posibilidad de entendimiento mutuo o cooperación parece casi imposible, como si de ultras del fútbol se tratase.
Defender derechos fundamentales, como el acceso a una vivienda digna, jamás debería desembocar en un clima de enfrentamiento y hostilidad. Educar a las nuevas generaciones en el pensamiento crítico, la empatía y el respeto debería ser una prioridad para cualquier sociedad que aspire a convivir en democracia. Necesitamos más conciencia, más diálogo y más respeto, no más odio.
Ver a jóvenes defender una dictadura mediante cánticos y gestos que desprecian la memoria de quienes la vivieron resulta devastador. Es preocupante comprobar cómo algunos crecen educados en los extremos, donde la intolerancia parece imponerse al diálogo y a la empatía. Ante esta realidad, resulta difícil no preguntarse qué estamos haciendo como sociedad para que parte de las nuevas generaciones abracen discursos que deberían hacernos reflexionar sobre los errores de nuestro pasado.
