El divorcio de la razón y el corazón
Natalia Rodriguez del Rosario

Fotograma de la película Pierrot le fou (1965)
"Hay ideas en los sentimientos" le decía el personaje de Anna Karina al de Jean Paul Belmondo en Pierrot le fou. La dicotomía entre razón y sentimiento es una discrepancia que siempre me ha interesado especialmente. La constante preocupación de muchas personas de separar ambas para alcanzar una mayor objetividad es algo que me aterra, pues no concibo una visión de la vida justa y plena sin el casamiento entre ambos. Ya lo describía Eduardo Galeano en "celebración de las bodas de la razón y el corazón" de su Libro de los abrazos (1989): desde pequeños se nos enseña a separar ambos. Si bien la división entre cuerpo y alma de la que habla ha evolucionado gracias al próspero recorrido de la psicología y la salud mental, desde esta misma también se sigue abogando a menudo por separar nuestras propias percepciones y emociones de la "verdadera" realidad.
Creo que la crispación en el aspecto político y las diferencias de opinión también tienen que ver con la división del mundo en sentipensantes y no sentipensantes. Me reúno a hablar con gente de mi entorno estos días en los que la cuestión de la vivienda es el pan de cada día y nos encontramos al ocaso de unas futuras y apuradas elecciones, y me doy cuenta de cómo esta idea cobra sentido. Sin la capacidad o la voluntad de emocionarse y conectar con las historias humanas, ¿de qué nos sirve si quiera hablar y discutir sobre la mejor forma de solucionar cualquier problema social?
Veo cómo una generación de preadolescentes y jóvenes adultos se cierran en banda y encuentran su rebelión en la más extrema individualidad y un puro pragmatismo del que no se dan cuenta que a la mayoría no les beneficia. La falta de diálogo y el aumento de los soliloquios tiene mucho que ver con esto. Si nos fijamos, ¿cuántos vídeos nos salen en redes sociales al día en el que una sola persona expresa su opinión ante una audiencia masiva? El único feedback y suerte de "diálogo" que existe es el foro de respuestas, pero no deja de ser igualmente un canal bastante unidireccional en el que los discursos a debatir no parten de la misma "importancia" en la jerarquía de la plataforma. Por eso, es normal que a un adolescente de la edad de mi hermano (unos catorce años) le pueda costar dejar hablar a cualquier persona fuera de un entorno que considere demasiado inapropiado o más bien intimidante para ello.
Aunque bueno, no quiero caer tampoco en el discurso demonizador de las redes sociales que exime de toda culpa (la madurez también tiene mucho que ver). Son muchos los que están encantados de haberse conocido y disfrutan regocijándose en su propio deleite sonoro de palabras, que no buscan persuadir sino mostrar que simplemente no lo entiendes. Mientras que ellos han sido elegidos por una especie de suerte divina gracias a la que son capaces de ver más que tú y que nadie. No hay deseo ni de instruir o mejor dicho adoctrinar al que no piensa igual, porque ellos mismos prefieren que se quede así para seguir siendo "intelectualmente superiores". Y gran parte de esta superioridad se debe a su capacidad de alejar lo más que pueden las emociones de todo asunto. Un aspecto común que posiblemente se remonta desde que el hombre es hombre, que se ve reflejado en ese Ferdinand de Belmondo.
Esta distancia con la emoción tiene además un sesgo que conviene nombrar: históricamente, lo emocional se ha asociado a lo femenino, y por eso mismo se ha despreciado como un pensamiento de segunda. Frente a eso, creo que no hace falta renunciar a sentir para que se nos tome en serio, ni hacer nuestro el tono frío que se ha premiado como señal de inteligencia. Defender que en las emociones también hay ideas es una forma de feminismo. Porque no somos una costilla de un hombre como en el relato bíblico, ni estamos subyugadas a Adán, y si nos tenemos que comer la manzana y sentir, nos la comemos.
Entonces, cuando se separan los hechos de las emociones, de los padecimientos que pueden causar, ¿qué nos queda realmente? Si criticamos a una señora mayor desahuciada diciendo que es una "caradura" porque tenía que haber pagado más de alquiler desde hacía tiempo y que según su trabajo se podría haber permitido comprar otra cosa, ¿no lo estamos simplificando todo demasiado?
Yo cuando era niña también viví en una casa alquilada y cuando nos fuimos después de varios años me dio muchísima pena, porque la cantidad de cosas que viví allí no me las quita nadie, ni una mudanza, para dejarla de sentirla mía. Que en papel no lo fuera es otra cosa, ¿pero acaso no es entendible que esa mujer luchara todo lo posible por mantener su casa de toda la vida? ¿Acaso no es entendible que después de tantos años viviendo allí sea legítimo que aunque los precios cambien todo el rédito con el que se han quedado los dueños a lo largo de los años sirva de algo?
Cuando alquilas una casa tienes que aceptar que otra persona también la haga suya. Quizás es por esto (y por más) por lo que predomina el alquiler vacacional y temporal al indefinido, para evitar que nadie se haga con tu propiedad, pero al no venderla son riesgos que te toca asumir. Además, si la solución es echarla para que una empresa explote la vivienda como una de tantas más que tiene, yo personalmente prefiero que esa señora que lleva ahí toda la vida, "gorroneando" según muchos, se quede. Porque parece que solo nos importan "los nuestros" cuando no hay dinero de por medio.
Lo que me lleva a otra cuestión que me asusta mucho: la aporofobia. Ante toda discriminación posible se encuentra el miedo o el rechazo a la pobreza y a las personas que la representan. Un rechazo que está tan engendrado en nuestra sociedad que es común en prácticamente todos. Incluso los más concienciados la temen. Tú realmente puedes ser de Marruecos, Senegal o México sin problema en España, el problema es cuando vienes como mano de obra y no como inversor. Lo que pasa es que la gran mayoría de personas de estos sitios no tiene la suerte de venir siendo privilegiados y, claro, los estereotipos mandan. Y ahí esa "masa" es el problema, es la que consume recursos, va a la sanidad pública y satura todo. La mala solo por existir, por viajar en cercanías y metro, por no poder permitirse algo mejor.
Y ahí es donde es fundamental para esta gente eliminar la emoción, la empatía, porque si quitas eso es imposible ver la injusticia que hay detrás. Porque si eres teoría, la variable más desestabilizadora en la práctica te la quitas de encima. No la consideras porque todo falla en el territorio emocional, porque hay que sacrificar, porque no se puede ser tan naïve e idealista. Más de uno se reirá al leer esto, pero no tiene más propósito que el de ponerle voz a un conjunto de pensamientos que llevo rondando desde hace tiempo y que, por un motivo u otro, no me han dejado ni he podido expresar. Pero ahora mismo estos sentimientos e ideas fluyen un poco como la música de orquesta que acompaña la revolución de las calles de París.
A mí sí que me gustaría cambiarlos a ellos, hacerlos sentir más, mediante el arte si la realidad a palo seco no funciona. Y me pregunto si esa capacidad será congénita o será una resistencia indómita trabajada de verdad. Aunque últimamente compruebo cómo no todo está perdido y que detrás de todas las movilizaciones de la Generación Z hay un gran componente sentipensante y empático. Yo tampoco puedo evitarlo: soy sentipensante y lo que veo a mi alrededor me duele y me pesa.
