El antisemitismo: cuando el prejuicio se convierte en política

29.03.2026

El antisemitismo persiste bajo nuevas formas y desafía la conciencia de las sociedades actuales.

Álvar Turiso Quiroz 

En pleno siglo XXI vivimos con la esperanza de eliminar todos aquellos sistemas de odio que han enfermado y confrontado a la población mundial a lo largo de su historia. Y esperamos que esos "ismos" se mantengan congelados en museos o libros de texto para siempre por el bien de la humanidad. Tras la Segunda Guerra Mundial, Occidente construyó un consenso ético basado en el "nunca más", convencido de que el antisemitismo había desaparecido con la caída de los regímenes totalitarios. Sin embargo, la realidad en la que nos desenvolvemos ha demostrado que el antisemitismo no desapareció; mutó. Es aquel prejuicio camaleónico que ha logrado evolucionar y mantenerse como un "punto ciego" de nuestra sensibilidad democrática.

El odio hacia las comunidades judías tiene raíces antiguas, presentes ya en Grecia y Roma, consolidándose en la Edad Media con el antisemitismo cristiano y alcanzando su manifestación más extrema en el Holocausto. Ha funcionado como una teoría del todo para comprender la incertidumbre, donde en momentos de crisis es el chivo expiatorio perfecto para explicar problemas estructurales complejos. Es el punto donde el prejuicio se convierte en política, usado por movimientos y Estados para incriminar a aquel "enemigo global", canalizando el odio y descontento social en una comunidad específica en vez de buscar soluciones democráticas reales.

En nuestra cultura política actual, un problema evidente es la falta de capacidad para diferenciar entre las instituciones del poder y las comunidades que los sostienen. Para que exista un pluralismo real, es fundamental separar la identidad de una sociedad civil y sus raíces religiosas, de las acciones de los gobernantes en turno. Y el antisemitismo contemporáneo se ha alimentado de esa confusión estratégica, reflejando las decisiones de un líder sobre la totalidad de un pueblo o su fe. Esta situación nos invita a considerar lo injusto que resulta asociar, por ejemplo, a la identidad mexicana con las acciones de un Estado relacionado con el crimen organizado. Este tipo de castigos colectivos discursivos solo reactivan estigmas profundamente arraigados, afectando la percepción individual de manera reduccionista.

Más allá de la política institucional, el verdadero riesgo se halla en la normalización de estos discursos en nuestra vida cotidiana. El antisemitismo contemporáneo no siempre es evidente; a veces se presenta en forma de bromas, teorías de conspiración o hilos de redes sociales que aceptamos sin cuestionar. Una sociedad que se torna indiferente ante la estigmatización de una minoría, justificándose con circunstancias políticas, está perdiendo verdaderamente su habilidad para proteger a cualquier individuo o grupo frente a las arbitrariedades del odio.

En última instancia, toda forma de prejuicio es una ataque a la integridad de nuestra humanidad; al combatirlo, nos convertimos en una sociedad más empática que trasciende de siglas o fronteras. Velar por la seguridad de aquellos que son y han sido señalados a lo largo de la historia es, en esencia, sostener que el respeto es el pilar fundamental para mantener un comunidad internacional cooperativa. Porque en un mundo donde la estigmatización se normaliza, nadie está realmente a salvo; por ello, salvaguardar la dignidad de los demás es el único medio de proteger la nuestra.


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