Cuando las etiquetas políticas hablan antes que las personas

30.09.2026

Roberto Estades Sánchez

Nos hemos acostumbrado a decidir cómo escuchar a alguien según el lado en el que esté.

Facha. Rojo. Progre. Ultra. Son palabras que escuchamos constantemente a la hora de hablar de política. A veces sirven para describir una forma muy concreta de pensar, pero otras veces parecen decir mucho más que eso; por ejemplo, quién es esa persona, qué defiende, qué critica o incluso qué podemos esperar de ella. El problema aparece cuando dejamos de escuchar una opinión por lo que es y empezamos a filtrarla según quién la diga.

El problema no es tener ideología. Es creer que una ideología basta para explicar a una persona.

Lo sé por experiencia. A mí me han llegado a colgar una etiqueta y, tiempo después, la contraria. A veces con pocas semanas de diferencia, y casi siempre con la misma seguridad de quien cree estar describiendo un hecho. Recuerdo que una vez di like a un reel de alguien que, por lo visto, era de derechas. Yo solo estaba de acuerdo con lo que decía. A los pocos minutos, varios compañeros y amigos me escribieron para pedirme que lo quitara. Ninguno me preguntó qué me había parecido el vídeo, solo quién lo había hecho.

Nadie se para a reflexionar ni un minuto: una frase mal expresada, una idea contraria a la habitual o una vestimenta determinada bastaban para que ya te hubieran juzgado. Y tal vez el problema no resida en su uso, sino en todo lo que se da por hecho al utilizarlas. Porque llamar a alguien rojo o facha parece hacernos un resumen de todo lo que piensa y defiende.

Esto precisamente es lo que se denominó como pack ideológico. Aquella tendencia a entender que si una persona pertenece a un lado político, debe llevar consigo todo un conjunto de ideas que vienen incluidas en el mismo paquete. Si eres de izquierdas, parece que debes estar en contra de los empresarios, mientras que, si eres de derechas, te tienen que gustar los toros.

Lo realmente interesante es que nadie nos obliga realmente a elegir un pack completo. Nosotros podemos estar de acuerdo con una medida de un partido y en desacuerdo con otra. Nos puede gustar una idea de alguien a quien jamás votaríamos. O incluso cambiar de opinión sin cambiar nuestra identidad.

Pero parece que ya no hay lugar para la contradicción. Esto surge de la necesidad de saber rápidamente dónde colocar a cada persona y, una vez colocada, interpretar lo que dice desde ahí.

Entonces la etiqueta evoluciona hasta convertirse en una especie de filtro. Ya no escuchamos una opinión por lo que dice, sino que escuchamos la opinión de un facha o de un rojo. Y eso, lamentablemente, cambia nuestra forma de percibir la información.

Quizás el conflicto no sea que existan las etiquetas. De hecho, son útiles porque nos permiten hacer una clasificación temporal y previa al conocimiento. El conflicto aparece cuando las dejamos de ver como etiquetas y empezamos a usarlas como conocimiento absoluto sobre la persona.


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