Contra la vulgarización de la amistad

12.10.2026

Álvaro Peña Rodríguez-Moreiras

Aún recuerdo cuando, siendo yo pequeño, llegaba el momento de organizar mi fiesta de cumpleaños. La lista de invitados era tremendamente similar a la lista de mi clase. Pocos se quedaban fuera. Ante esto, mis padres siempre decían lo mismo: que tenía mucha suerte y que, en unos años, contaría mis amistades con los dedos de una mano.

Nunca llegué a darles la razón a mis padres, y aún a día de hoy sigo pensando que exageraban. Pero, vaya, que en vez de una mano han acabado siendo dos.

Sin duda mi lista de amistades, o de lo que yo considero como tal, dista mucho de la extensión de aquel entonces. Sin embargo, cada día entro a mi cuenta de Instagram y ahí está: 411 seguidores. Y, no solo eso, 92 personas conforman una lista personal y elaborada por mí que tiene como nombre mejores amigos. ¿Son todas estas personas, acaso, mis amigos? Evidentemente, la respuesta es no.

Pues esta contradicción en la nomenclatura en Instagram es muy similar al dilema interno personal sobre qué términos utilizamos para referirnos a personas cercanas a nosotros. ¿Quién es, realmente, mi amigo?

Ante este tipo de dilemas terminológicos, es muy común acudir a la RAE pensando que el Diccionario de la Lengua Española nos responderá con una definición genérica, que será lo suficientemente matizable como para cubrir con dicha matización un párrafo en un artículo de opinión. O al menos ese ha sido mi caso hoy.

Sin embargo, lo que me he encontrado en dle.rae.es/amistad, grata sorpresa la mía, ha sido, precisamente, el matiz del que yo pretendía hablar. La primera definición de la RAE para la palabra «amistad» habla de un "afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona," (atención porque aquí viene) "que nace y se fortalece con el trato". Este matiz es de suma importancia porque refleja perfectamente dos puntos claves de la amistad: que no se puede imponer, y que debe cuidarse si se desea mantener.

El primero de estos puntos, en referencia a cómo surge la amistad, genera pocas dudas de primeras. La amistad tiene, a priori, en su origen, un evidente factor de elección. Tú eliges quién es tu amigo y quién no, no mediante una otorgación del título, como si de nombramiento a caballero se tratase, sino eligiendo con quién tratar en mayor o menor medida. De hecho, en muchos casos esta elección se da de forma involuntaria. Inevitablemente, todos tendemos a estar más en contacto con aquellas personas con las que sentimos que compaginamos mejor. Así surge la amistad.

No obstante, el punto de que la amistad no se puede imponer entra en conflicto, probablemente más de lo que muchos estamos dispuestos a admitir, con un fenómeno muy común en las relaciones sociales, y me da la sensación de que principalmente en las contemporáneas: los "grupos de amigos".

¿Qué es un grupo de amigos sino una imposición terminológica y, en la práctica, casi absoluta de la amistad? ¿Es, acaso, todo aquel incluído en nuestros grupos de amigos, por definición, nuestro amigo? En mi caso, no. En mi caso particular podría decir que me incluyo en un total de hasta tres grupos de amigos, todos conformados por un mínimo de diez personas y en algunos casos casi hasta treinta, y, aún así, como ya he dicho antes, a día de hoy creo que podría contar a aquellos que considero mis amigos con los dedos de mi par de manos. De este modo, los grupos de amigos terminan siendo, en algunos casos, poco más que eso: contradicciones terminológicas internas que se ven plasmadas en la realidad cuando mi madre me pregunta con quién he quedado y yo respondo "con mis amigos". Ante esto, en mi caso concreto, y considerándome una persona que ha pensado mucho lo que ahora está escribiendo, en ocasiones surge lo que casi podría considerarse un mecanismo de defensa contra esta contradicción, eludiendo la generalización del término amigos con expresiones como "mis colegas", "los de la uni", o "los de siempre".

El segundo punto consistiría en la necesidad de cuidar la amistad para que esta, no solo se mantenga, sino que pueda también fortalecerse. Sobre el papel parece básico, ¿verdad? Casi evidente. Pero, ¿qué pasa si te digo que la necesidad de cuidar la amistad, de la que hablamos como la expresión más fuerte de un vínculo de afecto no familiar, pone en duda, precisamente, la fortaleza del vínculo?

Y es que parecería lógico pensar que si hablamos de la amistad como una unión tan sumamente fuerte como, de hecho, lo es, dado que es precisamente la fuerza del vínculo lo que lo hace exclusivo y escaso, esta podría decirse que no requiere cuidado ninguno.

Pues este planteamiento tiene, aunque a primera lectura parezca imposible, una parte de lógica. La amistad, entendida como el vínculo de afecto no familiar más fuerte posible, es también el vínculo de afecto no familiar que menor cuidado requiere, debido precisamente al alto grado de unión entre las dos personas. Y esto no debe entenderse, en ningún caso, como una declaración de pereza o incapacidad por mantener relaciones, sino como una aclaración de la dinámica a seguir dentro de una amistad. Una aclaración de que la propia existencia de esa relación de amistad es justificación suficiente para que una de las dos personas pueda, por ejemplo, acudir a la otra en cualquier momento sin siquiera plantearse si esa otra persona está dispuesta a escuchar. Porque cualquier relación, ya sea social, laboral o incluso interna, con distintas facetas de uno mismo, implica responsabilidades y obligaciones, y aquellas que la amistad acarrea son las únicas obligaciones que cada uno de nosotros elige tener.

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