Ayuso, una víctima poco convincente
Jaime Álvarez Casalderrey

"Lamento el coro rociero que me va acompañando esta mañana". Así es como la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, definió a los profesores que se manifestaban a las puertas del Palacio de Santoña el pasado 19 de octubre en un acto en el que participaba.
Esos mismos docentes iniciaron el lunes su segunda semana de huelga indefinida, en la que reclaman una amplia variedad de medidas como reducir el número de estudiantes por aula, aumentar el salario del profesorado, mejorar las infraestructuras educativas y disminuir la carga burocrática de los centros, por nombrar algunas. En definitiva, exigen las condiciones necesarias para poder garantizar una educación de calidad a sus alumnos.
Ayuso no ha tardado en utilizar el comodín al que tan acostumbrada está, el de presentarse como objetivo de una conspiración orquestada por sus rivales políticos. Ha calificado a los manifestantes de "violentos" y los ha acusado de recurrir al acoso y la intimidación para lograr sus objetivos ideológicos. ¿Lo único que tiene que decir sobre la larga lista de reivindicaciones? "Más de lo que se hace en la Comunidad de Madrid por la educación pública es difícil", lo que hace que uno se pregunte inmediatamente después: ¿qué hace exactamente por la educación pública? Nunca llegamos a obtener una respuesta. Ayuso la ha esquivado ágilmente.
No es la primera vez que la presidenta actúa de esta forma. Sus años de mandato han demostrado la comodidad con la que asume el rol de víctima y la facilidad con la que desvía la atención del asunto hacia otro lado, con tal de evitar cualquier tipo de autocrítica a su gobierno.
En noviembre de 2022, cientos de miles de personas salieron a las calles de la capital en defensa de la sanidad pública madrileña, denunciando el modelo público-privado impulsado por la presidenta y la destrucción de la Atención Primaria. Ayuso afirmó que este movimiento no era una defensa sincera de la sanidad pública, sino que era todo obra de "Sánchez y sus socios", con el objetivo de desestabilizar a su gobierno y boicotear la sanidad madrileña. En septiembre de 2025, tras la denuncia de varios colegios de Madrid de que supuestamente habían recibido órdenes del Gobierno de Ayuso de retirar cualquier apoyo a Palestina, la presidenta fue recibida por una manifestación estudiantil ante la Universidad de Alcalá de Henares.
En respuesta, denunció esta protesta, tachándola de guerra ideológica y de instrumentalización de la educación. Ante la polémica por la compra del ático de Chamberí por parte de la Comunidad de Madrid este verano, Ayuso sostuvo que se estaba construyendo un relato contra su persona, con el único fin de "hacer daño". El ejemplo más reciente lo tenemos en las últimas semanas, con la acampada de Sol, asunto sobre el cual la presidenta se ha limitado a asegurar que se trata de un secuestro de la capital, enfocando de nuevo su respuesta más en la izquierda que en los propios ciudadanos y sus demandas, acusándola de no reconocer su inminente derrota en las elecciones.
Vemos, que aquí hay un patrón reconocible: Para ella, cualquier clase de disidencia es una ofensa personal, un golpe directo a su mandato y una más de las innumerables jugadas que conforman el extenso y complejo plan ideado para desprestigiarla y, finalmente, derrocarla.
Personalmente, considero que toda manifestación, y las reivindicaciones que la acompañan, tiene un matiz político, sea cual sea su naturaleza. No obstante, Ayuso ha demostrado en cada una de estas ocasiones que, ante las demandas de unos ciudadanos indignados e impotentes, es incapaz de ver más allá de su propia sombra. Tal vez considere que es más importante dar golpes al aire contra sus enemigos políticos, pero cuando lo que se escucha desde las calles son llamamientos a una mayor comprensión, a un gobierno autonómico responsable y abierto a una negociación, y a una serie de medidas que mejoren su situación, apuntar ciegamente con un dedo acusatorio a los demás como única defensa aburre y es insuficiente.
