Alemania después de ayer: el centro ya no basta
Xavier Sabaté Roldan.
Hay elecciones que cambian gobiernos y otras que cambian el clima político de un país. Las elecciones regionales celebradas ayer en Alemania pertenecen, probablemente, a este segundo grupo. Los resultados vuelven a poner sobre la mesa una cuestión que lleva meses creciendo en Europa: el desgaste de los partidos tradicionales y el avance de las fuerzas situadas en los extremos.
En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, Alternativa para Alemania (AfD) se impuso con un 38,2% de los votos, por delante del SPD, que obtuvo un 35,5%. La CDU de Friedrich Merz sufrió un golpe especialmente duro y quedó en el 4,9%. En Berlín ocurrió algo diferente, pero igualmente significativo: Die Linke consiguió alrededor del 26% y fue la fuerza más votada, mientras AfD también mejoró sus resultados.
La lectura más sencilla sería decir que Alemania gira hacia los extremos. Hay algo de verdad en ello, aunque la realidad es más compleja. Lo que estamos viendo es, sobre todo, el desgaste del centro político tradicional. La CDU ya no ocupa automáticamente el espacio de referencia de la derecha moderada, el SPD atraviesa dificultades y los Verdes tampoco consiguen convertir su presencia institucional en una hegemonía electoral.
Y no es solo Alemania. Desde las elecciones europeas de 2024 se viene produciendo un desplazamiento del debate político europeo hacia posiciones más conservadoras, nacionalistas y críticas con algunas políticas tradicionales de la Unión. No todos los países siguen el mismo camino, pero la tendencia resulta difícil de ignorar.
Una de las cuestiones que más está alimentando este cambio es la inmigración. Durante años Europa ha tenido enormes dificultades para combinar control fronterizo, integración y protección humanitaria. La crisis migratoria de Ceuta es un ejemplo cercano de un problema que puede ser al mismo tiempo fronterizo, político y humanitario. Defender un mayor control de las fronteras no debería ser patrimonio de la extrema derecha. Un Estado tiene derecho a decidir quién entra en su territorio, pero también debe hacerlo respetando la legislación y los derechos fundamentales.
El problema aparece cuando los gobiernos hablan mucho de principios y demasiado poco de capacidad. Una política migratoria que no pueda controlar las entradas, tramitar las solicitudes con rapidez y ejecutar las decisiones de retorno cuando corresponda termina perdiendo credibilidad. Y cuando los partidos tradicionales no ofrecen respuestas convincentes, otros ocupan ese espacio con discursos mucho más contundentes.
El contexto internacional tampoco ayuda. Donald Trump ha obligado a Europa a replantearse su relación con Estados Unidos y su propia capacidad de defensa, mientras Rusia continúa representando una amenaza para la seguridad europea. La guerra de Ucrania ha demostrado que muchas de las certezas sobre las que se construyó Europa después de la Guerra Fría ya no existen.
Por eso creo que el verdadero mensaje de las elecciones alemanas no es simplemente que Alemania se haya hecho de derechas o de izquierdas. Es que una parte importante de los europeos está reclamando respuestas sobre inmigración, seguridad, energía, defensa y crecimiento económico.
Pedro Sánchez y la izquierda europea deberían tomar nota, aunque sería demasiado sencillo atribuir todos los problemas actuales a una sola ideología. Pero tampoco parece razonable que cualquier preocupación sobre inmigración, seguridad o competitividad sea presentada como una reacción extrema. Europa necesita recuperar capacidad de decisión, controlar sus fronteras, reforzar su defensa y proteger su economía sin renunciar a sus principios.
Quizá ese sea el verdadero reto de los próximos años: recuperar el control sin perder los principios. Porque si los partidos tradicionales no son capaces de ofrecer esa combinación, el espacio seguirá siendo ocupado por quienes prometen hacerlo de una manera mucho más radical.
