¿Qué es “ser culto”?
Álvaro Peña Rodríguez-Moreiras
No es ningún secreto que el mundo en que vivimos es, cada vez, por decirlo de forma rápida, menos culto. La cultura de la inmediatez, la digitalización de buena parte de la experiencia vital, y la aparente falta de una necesidad real y palpable de información completa y variada nos han llevado a ello. Y ante esto, ¿cuál es el molde del nivel medio de cultura? ¿cómo se define a aquel que se sale de él?
Un molde del que salir
Fenómenos como los previamente mencionados, que tienden a la simplificación y actualmente predominan en la sociedad, marcan la existencia de lo que podemos llamar los moldes de lo culto que la propia sociedad permite ser al individuo, o el interés que esta le permite tener antes de ser calificado como distinto.
Esta diferenciación recibe muchos nombres distintos. Varios términos, que pueden llegar a oscilar entre sabelotodo y, simplemente, pesado, han servido en diversas ocasiones para definir a aquel que se sale de los mencionados moldes, ya sea a través del conocimiento, o del mero interés en materias que se salen del común más estándar o, incluso, que simplemente profundizan en algunas que pertenecen a él.
Probablemente, el auge más absoluto de la terminificación de estos individuos disruptores en la cultura contemporánea sea el término «bohemio», pero ¿qué es ser «bohemio»?
Los moldes contextuales
La semana pasada, un amigo de la infancia, con el cual mis temas de conversación nunca han salido de ponernos al día de nuestras vidas y el fútbol, me llamó bohemio por haber ido solo al cine a ver El Ser Querido, la nueva película de Rodrigo Sorogoyen protagonizada por Javier Bardem y Victoria Luengo.
Más tarde, pensando en ello en la soledad de mi habitación, me di cuenta de que en mi grupo de amigos de la universidad, con quienes frecuento mucho más conversaciones de mayor profundidad o, por ejemplo, las salas de cine, esto no resultó para nada extraño.
Resulta curioso ver que la definición del término bohemio y, con ella, el límite entre la masa y la diferencia, se fije en función del contexto en que se use.
El entorno marca indudablemente los límites del molde, y parece lógico. No se considera igual de bohemio a alguien entre un grupo de adolescentes que quedan en la plaza a charlar y jugar al fútbol, que entre un colectivo de intelectuales especializados en temas como el arte o la filosofía.
Gran ejemplo de ello es Sergio Camello, futbolista del Rayo Vallecano que se ve marcado como bohemio por su afición al cine, la cual plasma en su cuenta de la plataforma Letterboxd. En su caso, Sergio Camello no destacaría por su afición al cine, o al menos no tanto, dentro de un grupo de aficionados del séptimo arte o, como mínimo, visitantes frecuentes de las salas de cine. Si destaca tanto es, precisamente, porque dentro de su contexto, el mundo del fútbol, es tremendamente poco común hallar casos como el suyo.

Sergio Camello vía Instagram
Es por esto que no podemos hablar a ciencia cierta de un molde específico marcado por la sociedad, sino simplemente llegar a la conclusión de que tal molde existe, de que la sociedad en sí marca moldes concretos y limita la culturización.
Esté más o menos apretado, la existencia del nudo ya es en sí un problema porque nos ata e impide avanzar.
El futuro de la cultura
Si bien al hablar de moldes contextuales se asume que existen círculos con un interés por el desarrollo mayor al promedio, la cruda realidad plasma de forma muy clara que estos son poco menos que oasis en un desierto cultural.
La verdad es que materias como la poesía parecen ya cuestiones meramente históricas y que aquellos que la siguen consumiendo o, valientes atrevidos, practicando, no son, a la vista de la mayoría, más que pobres románticos enamorados de una época anterior, de algo que ya pasó.
Así pues, ¿qué depara a la rica cultura que la propia humanidad ha construido, si es la misma humanidad la que ahora la rechaza de forma hefestiana?
¿Sigue existiendo la cultura?
Si tenemos en cuenta que Theodor Adorno, ya en 1959, hablaba de una «pseudocultura», refiriéndose a la fragmentación de la propia cultura y el conformismo de la sociedad ante una versión mermada de la misma que pasa a ostentar tal título, lo primero que habría que preguntarse es qué definimos como cultura y cuántas personas realmente cultivadas quedan en nuestra sociedad.
¿Podemos acaso estar seguros de que lo que a día de hoy consideramos ser culto es siquiera un vestigio de lo que realmente podría llegar a alcanzarse si no fuese por el condicionamiento del mundo vulgarizado en que vivimos hace ya años? Porque podría argumentarse que no. Porque podría argumentarse, incluso, llegando a extremos que rozan el absurdo por su obviedad, que la cultura ya es lo suficientemente amplia como para considerarse inabarcable, ya no en su totalidad, sino en una proporción menor pero suficiente para calificar a nadie de cultivado culturalmente.
