¿Debe un seleccionador ser del mismo país al que dirige?

23.10.2026

Alejandro Bernardo Portolés

Soy un apasionado del fútbol y, para mí, pocas cosas hay en este deporte que despierten tanta emoción como las grandes citas de selecciones. El Mundial, la Eurocopa o, simplemente, ver jugar a España son momentos que me recuerdan por qué me enamoré de este deporte. Pero, ¿qué tiene el fútbol de selecciones que nos apasiona tanto a los aficionados? Quizá sea difícil explicarlo con palabras. Es la emoción de ver a los países competir por demostrar su talento, su forma de entender el juego y todo el trabajo que hay detrás de cada equipo. Aunque, si lo que nos emociona es ver a cada país representado en el campo, ¿no debería serlo también desde el banquillo?

Los parones de selecciones se basan en demostrar qué país ha conseguido construir el mejor equipo con sus propios futbolistas. Para ello, cada seleccionador convoca a los jugadores más destacados que pueden representar a su nación. Pero, si los futbolistas deben cumplir ese requisito, ¿por qué no ocurre lo mismo con el entrenador? Un equipo no está formado únicamente por los jugadores que saltan al terreno de juego, sino también por el seleccionador y todo el cuerpo técnico que hay detrás.

Al fin y al cabo, los parones internacionales son una oportunidad para que cada país demuestre el nivel de su fútbol y el trabajo que se ha realizado para construir una selección competitiva. Sin embargo, si este principio no se aplica también al banquillo, cabe preguntarse si el sistema es realmente coherente. ¿Tiene sentido exigir que los jugadores sean nacionales, pero permitir que tanto el seleccionador como el resto del cuerpo técnico procedan de otro país?

Esta práctica introduce una dinámica de mercado que, desde mi punto de vista, choca con la propia esencia del fútbol de selecciones, representar el trabajo y el talento futbolístico de un país en su conjunto. Si las selecciones pueden contratar entrenadores de cualquier nacionalidad, se crea un mercado internacional en el que las federaciones compiten por hacerse con los servicios de los técnicos más cotizados.

Esta situación plantea una contradicción interesante. Una selección no puede fichar a los mejores jugadores del mundo para mejorar su plantilla, por mucho dinero que tenga, porque sus futbolistas deben cumplir los requisitos de elegibilidad internacional. Sin embargo, sí puede recurrir al mercado para incorporar talento al banquillo. De este modo, una parte de la ventaja competitiva puede depender no solo de la calidad de los jugadores formados en el país, sino también de la capacidad económica de su federación para contratar a un seleccionador extranjero.

¿No se corre así el riesgo de trasladar al fútbol de selecciones a un estilo más propio del fútbol de clubes? Si una de las particularidades de las competiciones entre países es que cada selección debe trabajar con el talento del que dispone, permitir que el banquillo se convierta en un mercado internacional puede alterar la justicia que se supone que el fútbol de selecciones permite.

Italia es un claro ejemplo de las contradicciones que hay en el fútbol actual, una selección histórica, campeona del mundo varias veces, que lleva años atravesando una mala etapa y que necesita recuperar su identidad, mejorar su juego y volver a tener un proyecto sólido, mientras que entrenadores de primer nivel como Carlo Ancelotti terminan dirigiendo a selecciones extranjeras como Brasil. Es difícil de entender que un país con la historia, la cultura futbolística y el talento de Italia no sea capaz de construir un proyecto competitivo con sus propios entrenadores, mientras otras selecciones se benefician de técnicos formados en el extranjero. Lo mismo ocurre con casos como Roberto Martínez, español, dirigiendo a Portugal; Thomas Tuchel, alemán, al frente de Inglaterra; o Xavi Hernández, también español, dirigiendo a Países Bajos.

Al final, creo que el fútbol de selecciones debería ser una representación real del fútbol de cada país, no solo sobre el terreno de juego, sino también desde el banquillo. Si exigimos que los jugadores sean nacionales porque representan el talento y el trabajo de su país, no tiene sentido que el seleccionador y su cuerpo técnico puedan proceder de cualquier parte del mundo. Por eso, considero que tanto los jugadores como el seleccionador y todo el cuerpo técnico deberían ser del mismo país al que representan, porque solo así las selecciones reflejarían verdaderamente su propia cultura futbolística, su formación y su capacidad para desarrollar un proyecto competitivo sin recurrir al talento extranjero.


Share